Las catástrofes son un buen lobby

Decir que una guerra es un negocio no es escalofriante. Imaginar que un terremoto o un tsunami pueden traer consecuencias desgarradoras, tampoco, pero detrás de todas estas tragedias también se esconden buenas y malas voluntades de quienes se ofrecen a prestar ayuda o se convierten en mecenas del futuro.

El sismo que sacudió a la isla de Haití el pasado 12 de enero demostró la solidaridad desde todos los confines del mundo hacia esta devastada nación, mil veces conocida como la más pobre del hemisferio occidental.

Esta tragedia fue la oportunidad más perfecta para Estados Unidos al poder enviar un mensaje a sus vecinos y al mundo: "son la primera potencia de la región y quizá la única con una capacidad de acción y reacción sin precedentes, capaz de arriesgar lo que sea para ver su bandera hondeando en nombre de la esperanza o el poder político".

Mientras seguían llegando buques con alimentos, medicinas, socorristas, equipos médicos con un babel multicolor de idiomas y banderas a los puertos de Haití, los gobiernos de todo mundo comenzaban a pujar para demostrar quién daba más.

La experiencia del tsunami en las costas asiáticas en 2007 evidenció la capacidad de reacción de Naciones Unidas y los países más ricos por enarbolar sus banderas en pro de la beneficencia y, en el futuro, de los jugosos contratos para la reconstrucción que de alguna forma revierten el dinero gastado en cooperación y desarrollo.

Así vemos que desde Venezuela, el presidente Hugo Chávez comenzó a vociferar y criticar la presencia militar estadounidense con el despliegue de once mil marines; pero luego los brasileros, chilenos y argentinos buscaban un protagonismo a la hora de destacar su presencia militar en este devastado país.

No olvidemos la consabida consigna del gobierno venezolano antes de que partiera cada contingente de ayuda: “fuimos el primer país en responder al hermano pueblo de Haiti”.
Al coro de las críticas de Chávez salieron a cantar sus aliados de la ALBA y en un tono casi infantil el presidente ecuatoriano Rafael Correa sentenció: “los países latinoamericanos no son ricos pero pueden ser tremendamente solidarios”.

Cada quien busca un espacio para la historia. Sea un país, una ONG o un hombre valiente que desea hacerse con una parte de esa catástrofe y decir: “nosotros estuvimos allí”. Un hecho que no resulta del todo maligno.

Por ejemplo ahora en Haití, los taiwaneses, casi sin reconocimiento en la región, se volcó a enviar asistencia y donar varios millones de dólares. Los iraníes e incluso los zimbabwenses prestaron asistencia. Entre franceses, españoles, dominicanos, estadounidenses, chinos o alemanes, cada grupo trabaja solo o en conjunto para rescatar a las víctimas y al final dar la hora buena.

Otra muestra fue lo que desde Israel dijo el propio jefe de Gobierno. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, aseguró que un hospital de campaña de Israel que trató a las víctimas del terremoto en Haití ha mejorado la imagen de su país, luego de acusaciones de crímenes de guerra durante el conflicto en la Franja de Gaza.

Para los militares de Estados Unidos también ha sido positivo. En medio de dos frentes abiertos en Afganistán e Irak, estar en Haití prestando ayuda y sin la presión de que una mina quiebra pata los maten o un kamikaze se inmole es vivir en el Paraiso, estar en Puerto Príncipe deja colar que no son solo un ejército para matar y hacer la guerra, sino para socorrer.

De Haití nunca se sabrá la cantidad exacta de muertos. La ONU estima que hay un millón de haitianos damnificados y 179 mil fallecieron. En Tailandia siguen hallando los cuerpos de las víctimas del tsunami por lo que los estimados son siempre un discurso burocrático.

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