La fotografía como referencia de los sentidos

Foto/Gustavo Bandres


Desde la antigüedad, los primeros pobladores del mundo buscaron retratar el acontecer diario, dejar una herencia palpable de su existencia en la tierra para que el polvo y el olvido no los catapultara con el peso del tiempo.

La invención de la fotografía en el siglo XIX significó un avance para la humanidad, en un período histórico donde la creación intelectual y espiritual eran el marco de referencia.

En los últimos tiempos la fotografía clásica ha disfrutado de un gran reconocimiento y el interés creciente del público general. La tecnificación de las cámaras en los últimos 100 años, ha permitido que personas de bajos recursos las adquieran y de esta forma, edificar sus historias. Lo más importante de esto, es que la fotografía se percibe como un legado, y no como una herramienta pueril. Es un arte, y no todos la dominan.

Desde los años veinte, la astucia y valentía de muchos reporteros permitieron retratar el curso de la historia: los paralelismos de la Primera Guerra Mundial y la hecatombe de la Segunda, que sin duda quedaron grabadas en la memoria colectiva del mundo entero.

Habrá quienes recuerden las imágenes de Joe Rosenthal en la que un grupo de soldados estadounidenses trata de sostener con valentía la bandera de su país en Iwo Jima, o la del pequeño niño judío que alza sus manos al ser amenazado por un soldado nazi cuando transitaba por un barrio de Berlín.

Desde la invención del televisor, la fotografía comenzó a quedar relegada a un segundo lugar, por el ansia de la inmediatez que producía en las personas el efecto de querer tener todo más rápido; sin embargo, la fotografía se ha convertido en algo poético, en un arte más conceptual y difícil de explorar, por aquello de que “una imagen, vale más que mil palabras”.

A color, en sepia o blanco y negro, su pasividad contrasta con el torbellino salvaje de los videoclips y las imágenes televisivas, donde la tecnificación está dejando de lado los viejos laboratorios y los químicos blancuzcos, por las enormes impresoras y complejos computadores.

En vista del esplendor que tiene este arte como sustitución, algo exagerada de las nuevas formas de retratar la realidad, los nombre de Matisse, Monet, Picasso, Dali Corot o Botticelli, abren espacios para mencionar ahora a célebres fotógrafos como Yevgueni A. Chaldei, Ansel Adams, Nan Goldin o Sebastián Salgado. Cada uno de ellos, seguro, inspirados en las obras pictóricas de estos grandes hombres del pasado.

A diferencia de las imágenes que transmite la televisión, donde la velocidad es el marco de referencia, tras un hechos tan escalabrozo, por ejemplo, como la caída de las Torres Gemelas en New York, o la matanza de tutsis en Ruanda, la fotografía se produce en ese mismo hecho donde está la cámara de video captando la realidad, su naturaleza estática requiere concentración al momento de efectuarse y percibirse, para devorarla acorazadamente como el tigre al antílope.

Error de los tiempos
La fotografía tiene en sus manos grandes responsabilidades: el regreso de los recuerdos, hablar por sí sola e inmortalizar el espíritu. Uno de los grandes problemas que surgieron en el siglo XIX y que perdura hoy en día en la mente de muchos “conceptualistas” es que la fotografía sólo tiene como misión reproducir la realidad, ser un espejo de ella, cuando su sentido es tan plural como la música, la pintura o la escritura.

Se puede jugar con ella, así como George Orwell lo hizo con su libro “la rebelión en la granja” o Charles Chaplin con el film “el gran dictador”, donde más que representar la enfermedad de poder de Adolfo Hitler, lo utilizó para demostrar el estado de locura y quizá, burlarse, del último tirano de Alemania.

Puede que la afirmación, de que “todos los fotógrafos hacen fotoperiodismo” sea exagerada. A pesar de ello, la idea no es en sí, un caos, pues si analizamos la tarea que tiene cada fotógrafo al momento de salir a la calle a captar la realidad, es la misma.

Hoy en día todos son reporteros de una sociedad integrada por personas que buscan la belleza plena a través de un retrato, un hecho, una acción. ¿A caso el periodismo no busca informar sobre el acontecer diario?

Desde un cumpleaños hasta un desfile de moda en Paris, sin apartar los sucesos más crudos como la detonación de una bomba o el dolor de una madre por la muerte de un hijo. La fotografía ha estado allí. Maquiavélicamente esas situaciones ante una lente tienen que ser perfectas.

Con el surgimiento real del fotoperiodismo, hay quienes no tardaron en comenzar a viajar por todo el mundo. Henri Cartier Bresson con sus instantáneas de la China comunista. Salgado con sus obras sobre el trabajo en el mundo. Touhami Ennadre con la mezcla de las realidades de África y América. Alberto Korda con las inmortales imágenes del Ernesto Che Guevara tras el triunfo de la Revolución cubana.

Todo esto sin ensombrecer al célebre Robert Capa, con su documental fotográfico sobre la guerra civil española. En Venezuela, las imágenes de Francisco Solórzano, Frasso, que dieron la vuelta al mundo cuando retrató los hechos del Caracazo en 1989, y bajo este mismo espacio geográfico, el mexicano Enrique Metinides, con sus reportajes sobre accidentes viales o suicidas.

Ya para los tiempos modernos la prensa venezolano se ha deleitado con imágenes célebres del deporte criollo inmortalizas por Vicente Correale, reportero gráfico de El Universal; el propio Gil Montaño, Gustavo Bandres, Nicola Rocco, o Kisai Mendoza, también fotógrafos de este medio, que a través de su imaginación desnuda han llevado arte absurdo y reflexivo de lo que es hoy Venezuela.

Es también en este digno oficio donde Roberto Mata o Iván González, han ganado reconocimiento dentro y fuera de Venezuela por sus aportes a este arte inmortal.

Sin embargo, el fenómeno “masivo” que asienta definitivamente el fotoperiodismo como práctica normal de prensa será con la aparición, no sólo de la cámara Leica en 1924, sino también de la revista Time en 1929, y después de su gemela Life en 1936, en Estados Unidos -ambas fundadas por Henry Luce-, cuyo alcance se establece en torno a la dimensión sociológica que ejercerán sus portadas sobre la magnitud de las noticias y de los personajes.

Sinfónica de las artes
Hoy en día muchos fotógrafos desprecian los avances tecnológicos que ha traído la violenta aceleración de los tiempos, e incluso, en huelga hacia ellos mismos, por su rechazo a adaptarse al progreso, siguen trabajando en sus viejos laboratorios con aquellas máquinas pesadas y el despótico reloj que indica las fracciones necesarias para exponer el negativo ante el papel.

Lo que las fotografías representan es la mezcolanza entre hombre, tiempo, materia y forma. Muchas cosas de ayer quedaron erigidas por siempre con una imagen. Es una evidencia, es como la prueba que indica el móvil de un delito. De esta forma, quien haga fotografía, pero sobre todo, buena fotografía, será un artista, una referencia de la sensibilidad.

Y ante una sociedad que crece tan bruscamente, donde los segundos parecen correr más rápido y las guerras y el hambre ser el calificativo de referencia para muchos, la interpretación de la realidad a través de una imagen contribuirá a generar conciencia de lo que somos y queremos ser.

Con cámara en mano, a color o blanco y negro, puede que la televisión esté ganando la carrera de lo inmediato y el Internet esté a segundos de la meta, pero la mezcla entre lo funcional y lo creativo, lo aplicado y lo imaginativo seguirá siendo el aval para que la fotografía continúe consagrándose en el tiempo.

En el fotoperiodismo podrá darse el caso de que acontecimientos históricos provoquen la creación de imágenes relevantes, pero no debe darse por sentado que causarán el mismo efecto en todas las personas.

Lo importante es y será, trabajar sobre el momento, absorbiendo el instante y atrayendo la situación. La fotografía será silenciosa, pero permitirá congelar un minuto de alegría o una eternidad de sufrimientos. Cuando esto haya ocurrido, verdaderamente podremos decir que el tiempo se ha paralizado y los recuerdos son eternos.

Nota: Esta fotografía que ven al principio fue hecha por un gran amigo, Gustavo Bandres.

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