Entrevista completa a José Saramago

"Mi ilusión es súbita"*

La prominencia literaria de José Saramago inspira respeto, pero puede que a su vez, temor. Alto y espigado, la vitalidad de la que aún goza este premio Nobel de Literatura (1998) sorprende a muchos. Entre libros y poemas, no es lo mismo leer sus obras que conversar con él. Es un cambio sustancial.

Ante cualquier comentario o expresión que considera inapropiado o contrario a su concepción, responde sin vacilación alguna, corrigiendo e impartiendo del mismo modo una lección magistral entre lo humano y lo divino, donde lo ético está por encima de lo metafísico.

Lo que ocurre con este escritor portugués es que, sobre todo, es un hombre de principios, un convencido de que donde se encuentre, su misión es decir todo aquello que debe ser dicho, aunque sea incómodo para algunos, por eso reconoce que robarle una risa “es una tarea muy difícil… no soy hombre de risas fáciles”, sentencia con voz seca.

En uno de sus últimos libros, Las intermitencias de la muerte, mezclaba el humor con el propio pánico del hombre a dejar de existir, para entrar en un éxtasis sobre lo ilógico que puede resultar que la muerte deje de cumplir su misión. “Sería un castigo vivir siempre”, dice estoicamente, haciendo un ademán con su lánguida mano derecha.

“Necesitamos la muerte, porque si no, no podemos vivir. Es por eso que escribí ese libro. La muerte necesita a los vivos”, confiesa mientras su voz aflautada se va apagando.

Saramago tuvo la dicha o la desgracia de que en su propio país le censuraran una de sus obras más polémicas, El evangelio según Jesucristo, hecho por el cual, dicen algunos, se refugió en la isla de Lanzarote, donde el apremio de la exuberancia volcánica del lugar, su gente y sus modos le sirvieron para escribir su novela, Diarios de Lanzarote.

Este encuentro furtivo con Saramago se produce en Guadalajara, en medio de la Feria Internacional del Libro que organiza la universidad de esta ciudad, capital del Estado de Jalisco. Al verlo, muchas personas comienzan a correr detrás de él e ingresan en un salón plagado de parlantes y micrófonos hambrientos de palabras. Las Paredes grisáceas y sillas negras están titiritando por el frío del lugar.

Tras una corta “reflexión” sobre México y su existir, decide “dialogar a solas”, sin más preguntas que las que puedan contarse con los dedos de las mano. “¿Nada más diez?”, pregunté decepcionado. “No todas las manos tienen diez dedos, hay mancos y mutilados”… así de franco era José Saramago.

Detrás del papel
-¿Hay inspiración en José Saramago?

-Eso de la inspiración no vale nada, porque no sabemos lo que es. En segundo lugar, no sabemos de dónde viene. Y tercero, no la tenemos, aunque nosotros podamos decir: “esto tuvo una inspiración”, pero eso tendríamos que definirlo. Lo que tenemos es una palabra y nada más; por lo tanto, lo mejor es considerar que escribir es un trabajo.

-Entonces, ¿cómo hace?
-Mis trabajos no nacen de una idea en la que me siento a pensar en el tema que voy a escribir. Todas nacen de lo que pudiera llamarse una iluminación súbita. En el caso de Ensayo sobre la ceguera, se lo voy a contar: Yo estaba en un restaurante, esperando la comida, y allí, de forma súbita, se me plantea esta cuestión de la vida: ¿si todos fuéramos ciegos? Y a la pregunta, yo he dado la respuesta: ¡pero si todos nosotros somos ciegos! Estamos como los ciegos, y para mostrarlo, ahora hay que escribirlo.

-En el caso de Las intermitencias de la muerte, ¿cómo fue?

-Nació de una relectura que estaba haciendo de unos libros que hablaban sobre el tema, también estaba leyendo Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke y algunas cosas de Dikens, así observé el momento en que hablaban de la muerte. Allí cerré el libro, había terminado mi tiempo de lectura y hoy observan el resultado de esa iluminación súbita. El comienzo del libro, donde la muerte está de huelga, no lo había pensado en el primer momento, eso vino después.

-¿Y le teme a la muerte?

-No me pasa por la cabeza aún la muerte, pero reconozco que a la vez no es una condición para la libertad. Si me toca morir, ese es el curso de la naturaleza. No hay que temer. ¿Por qué voy a temerle a la muerte si es un proceso natural dentro de nuestro ciclo de vida? Hay muchos que quieren huir de ella, pero sería un castigo vivir siempre. Todos debemos nacer, crecer y morir; es imposible ir contra la muerte, ella incluso nos anima y da fuerzas para alcanzar metas.

-¿Se considera a estas alturas libre, o un libre radical como dijo usted una vez?

-Cuando digo que cuanto más viejo, más libre, eso no es cierto. Puede que sea cierto, o que sea verdadero para mí, pero la vejez no es condición de libertad. Al contrario, el viejo es dependiente, es depreciado. Por eso, cuando pronuncio esa frase, lo miro desde mi caso particular, pero hay que observar alrededor y allí nos daremos de cuenta que la vejez puede ser todo menos condición de libertad.

-Pero, ¿cómo calibrar el rol de la muerte en una sociedad que huye de ella y quiere ser eterna?
-Necesitamos la muerte, porque si no no podemos vivir. Ese es el motivo por el que escribí ese libro. La muerte necesita a los vivos, y la única forma de no dejar de existir es a través de los recuerdos; por eso el tiempo no se detiene y seguiremos envejeciendo. Lo injusto es que si te portas bien puede que tengas una vida eterna para algunos, pero si te portas mal, estarás castigado eternamente para otros.

No es paloma
para mandar mensajes

-Se dice que en estos tiempos se ha confundido la libertad con el libertinaje, ¿cree que esto es cierto?
-En sí misma, la libertad no es mala. Ahora, considerar por ejemplo que Europa es o ha sido el continente de la libertad, eso no es cierto. Algunas veces sí y otras no; puede que en un país, por determinadas circunstancias históricas, sociales, culturas e ideológicas, eso ocurrió, pero hasta entonces, eso de ver que en Europa todo es maravillosa, su gente, sus gobiernos, esa es una imagen falsa del término.

-¿Una utopía?
-No, una utopía no. Si hubiese sido eso, sería ahora una utopía realizada. El mundo, entre las realidades y los sueños de los hombres, tiene muchos caminos de por medio, pensar que todos los sueños pueden cumplirse es algo exagerado, pues siempre el bien de uno puede que dañe a otros.
-¿Usted vive de lo que escribe e incluso dice. Y a los críticos les ocurre lo mismo. ¿Cómo los ve a ellos José Saramago?
-Eso entra dentro de la misma concepción de la libertad, ellos que digan lo que quieran, si escribo mal o bien la respuesta la tienen mis lectores; pero cada quien debe hacer su trabajo. Si con eso pueden cambiar el mundo, pues aprendamos de ellos, aunque la literatura no lo ha hecho nunca.

-¿Están preparados sus lectores para leerle?
-Quien ama la lectura o va en busca de ella por primera vez, siempre querrá encontrar algo. Nunca estamos preparados, a menos que estudiemos. Para leer, primero hay que aprender a leer. No busco ser un profesor o un didacta, sólo que la gente se plantee las cosas que están a su alrededor.

-Hugo Chávez goza de una gran popularidad, no sólo en Venezuela sino en el mundo. ¿Le enviaría algún mensaje?

-No le envío mensajes a nadie. El presidente Chávez es el líder más votado de toda América. Se ha sometido a siete u ocho elecciones y siempre ha ganado. Por lo tanto, cuando la propaganda norteamericana y capitalista, que está interesada en otras cosas y no en el pueblo venezolano, lo acusa de populista, está muy equivocada. El pueblo venezolano, por lo menos hasta ahora, ha estado con él. Hay confianza. Insisto, ese pueblo vio en Chávez al político que podía elevarlos a algo que los otros gobiernos y los explotadores de sus recursos naturales no pudieron hacer. Y aunque Chávez no es inmortal, lo que espero es que el día de mañana ellos puedan generar en su interior políticos capaces de decidir las cosas más ciertas.

*Esta es la edición completa de una entrevista que le hice a José Saramago en Guadalajara, México, el cinco de diciembre de 2006. El domingo 27 de junio de 2010 salió parte de ella publicada en el diario El Universal de Caracas, Venezuela. No la había sacado, pues cuando la realicé ese año, a pocos medios les interesaba el tema y el personaje, ya había bastante de él sobre papel. Creo que ahora, tras la muerte de este prodigio de las letras, la oportunidad estaba dada. El título original era: "Mi ilusión es súbita". José Samarago murió el 18 de junio de 2010.

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