El marchante de la guerra: Mr. Bout


Lo llamaban el "señor de la guerra". Sus negocios causaron la muerte de un sinnúmero de personas. Auspició genocidios, matanzas colectivas, sectas, mutilaciones en masa, terrorismo, guerras civiles y sus redes de conexión llegaron, quizá, a todos los confines de la tierra.

Alto, de tez blanca, ojos azules y aspecto corpulento, el ruso Víctor Bout, "el señor de la guerra" dejó sus últimos negocios en Tailandia, donde fue detenido el jueves seis de marzo de 2008 en una operación internacional.

Los agentes policiales en la operación internacional se hicieron pasar por responsables de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a la que facilitaría equipos bélicos. El computador del abatido líder de esa organización "terrorista", Raúl Reyes, el 1 de marzo de 2008, dio las pistas necesarios. Bout era el mayor traficante mundial de armas.

800 misiles tierra-aire, 5.000 fusiles de asalto AK-47, explosivos C-4 y minas antipersona, según Washington, eran parte del catálogo de suministros para las FARC y otros grupos terroristas como Al Qaida que Bout tenía preparado.

Su historia luce escalofriante a la mirada colectiva, pero bajo esta premisa se esconde la avidez de un hombre que capitalizó la muerte y obtuvo intereses a través de la codicia.

Según fuentes rusas, nació en 1967 en Duchambé, capital de Tayikistán, cuando en plena Guerra Fría la colosal Unión Soviética batallaba con Estados Unidos por el control del mundo y el espacio.
Su formación en el Instituto Militar de Lenguas Extranjeras de Moscú le permitió aprender seis idiomas y dominar el complejo mundo de las armas. Ingresa a la KGB, el antiguo bastión de espionaje soviético, en donde se codea con las principales mafias de este negocio en pleno colapso socialista.

"Sus armas favoritas -escriben Douglas Farah y Stephen Braun en el libro El Mercader de la muerte, que relata la historia de Bout-, eran la AK-47 y el Kalashnikov, que logró distribuir en África y Europa, sus principales mercados".

En 1995, en plena guerra bosnio-croata, emigró a Bélgica, donde figuraba como propietario de una línea aérea que exportaba flores. Pero su verdadero imperio lo hizo en Ucrania donde adquirió toneladas de armamento que transportaba en aquellos aviones "florales".

Su equipo aéreo se desplazó por la geografía bélica que sacudió al mundo en los últimos veinte años. En 2000 la Organización de las Naciones Unidas lo denunció por suplir de armas por valor de quince millones de dólares al Movimiento Popular de Liberación de Angola de Jonas Savimbi, colaborando a su vez con equipos militares a milicias de Ruanda y Uganda. En Sierra Leona y Liberia alimentó la guerra civil del ex dictador Charles Taylor. Tenía como clientes a Mobutu Sese Seko (ex Zaire) y a Muamar Gadafi.

Con un olfato para el negocio de la guerra, Estados Unidos lo relacionó en 2002 con Al Qaida, organización a la que vendió armas antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sin deslindar sus conexiones con los talibán.

El semanario alemán Der Spiegel publicó en 2002 que Bout, junto a sus camaradas rusos vendieron al Talibán entre 20 y 150 tanques T-55 y T-62m, ve- hículos del ejército soviético, hoy chatarras del pasado.

El mundo policial conocía a Bout, pero nunca pudieron comprobarle nada. Sus negocios eran "casi" perfectos. Julio Godoy del Instituto de Prensa y Sociedad, citando a fuentes francesas, sostenía sobre el marchante de armas: "tanto Washington como Londres presionaron para que sobre Bout no cayeran sanciones. Les interesaba tenerlo porque mantenía conexiones y colaboraba con organismo internacionales. Ayudaba en Irak, incluso".

Quienes estudiaron sus andanzas lo describen como "frío y calculador; pero tímido y violento a su vez"; una percepción que se balancea entre lo conocido y lo real. Cada arma vendida le generaba hasta 700% de ganancia sobre su valor real.

Por eso, un tribunal tailandés de apelaciones dictaminó el viernes 21 de agosto de 2010 que Bout puede ser extraditado a Estados Unidos para afrontar cargos de terrorismo tras los dos años de presión diplomática por parte de Washington.

Moscú también había presionado a Bangkok para conseguir la liberación de su ciudadano, pero el peso de Washington pudo más. Y es que lo que diga Bout, sea cierto o falso, tendrá tanto peso y valor como las armas que vendió.

Ulf Mauder, de la DPA, sostenía que la agencia estatal rusa de prensa Ria Novosti cuenta ahora con que el caso se convierta en uno "de los escándalos políticos y de espionaje más grandes" si Bout llega de verdad a comparecer ante un tribunal estadounidense, y más tomando en cuenta las últimas revelaciones de espionaje de Rusia hacia Estados Unidos, lejo de los mal sabores de la Guerra Fría.

Pero de Víctor Bout también se dice que posee una fortuna es incalculable. Como fantasma ante la justicia, su trabajo terminó hace dos años, aunque puede volver a comenzar si habla para bien. Por sus incalculables descripciones... y rumores, tuvo un incomprensible concepto de la vida. Al parecer, no vendió conciencias y las injustiscias ahora le pasan factura.


Foto: Reuters y AFP

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