Los miedos (nucleares) de Fidel Castro



El primer baño de masas de Fidel Castro fue peculiar: más por lo que quiso decir que por lo que dijo. Más por lo que le precede que por lo que vendrá. Desde hacía cuatro años el ex presidente cubano no aparecía ante el público luciendo su uniforme verde oliva, lentes de lectura y gorra, con lo que envió una señal –icónica-- de que la batalla, o “su batalla”, debe continuar. Y sobre todo, que él sigue respirando.

El hecho de que el viernes tres de septiembre el mayor de los Castro haya aparecido en la explanada de la Universidad de La Habana, y ante jóvenes universitarios, que en teoría deberán proseguir la revolución cubana, evidencia que el viejo líder militar se encuentra preocupado más por su futuro, y no tanto por el del mundo, y es por ello que necesita rejuvenecer sus palabras, su desgastado discurso en medio de las reformas que aplica su hermano Raúl Castro y el nuevo frente abierto por la disidencia interna.

El líder cubano aparece en estos últimos meses vaticinando una guerra nuclear y catástrofes climáticas, en donde su principal y enfermizo enemigo: Estados Unidos, estaría listo para una hecatombe atómica contra Irán, a quien se le acusa de estar preparando armamento de este tipo.

Al alinearse en la defensa de Irán y su programa nuclear, Castro busca nuevos frentes "antiimperialistas" alzando la imagen de Cuba sobre estos temas y no sobre los que realmente concentran la atención: la liberación de presos políticos o la apertura democrática. Al ex mandatario le interesa izar esta bandera para concentrar la atención de Washington y así vanagloriarse.
Hoy a Fidel Castro le preocupan dos cosas: Sobrevivir al tiempo y lograr la resurrección.

Fidel siempre ha estado abogando por el mundo, por lo pobres, por los menesterosos y las injusticias, pero nunca en público por lo que acontece en su país. Ha pasado raudo sobre esto en sus últimas apariciones virginales. Ahora la mejor forma de embestir contra Washington es haciendo frente a un nuevo oficio que todos aplauden y esta de moda: el de gurú antinuclear.

Con la salida de George W. Bush del poder, y nuevos aires de cambio en la Casa Blanca con Barack Obama , Castro se vio forzado a redefinir su discurso. Ya no tiene los argumentos para refutar a su principal enemigo político porque desde Washington el nuevo mandatario se ha mostrado dispuesto a una apertura hacia la isla, un hecho que encona a Fidel y no le favorece, porque si hay un elemento que ha sustentado por cinco décadas su revolución han sido los errores de EEUU con los Castro.

Hay mucha tensión en la comunidad internacional con respecto a Irán. Sin duda el gobierno de Teherán sienta las dudas sobre el caso, pero que Fidel aparezca ahora advirtiendo sobre las consecuencia y haciendo llamados a la tensión mundial lo que busca es distraer la mirada de la opinión pública sobre las pequeñas reformas que se están dando al interior de Cuba, el impulso que ha tomado la oposición --ahora más aguerrida—y sobre lo que tiene que hacer La Habana para demostrar que es consciente de los compromisos, y reflexiva.

Luego de cuatro años de una grave enfermedad intestinal, Castro reapareció en julio pasado con cortas visitas a centros académicos, encuentros y pequeños actos, hasta llegar al Parlamento el 7 de agosto, por primera vez ante la prensa internacional sin hablar de lo que pasa en Cuba, pero las últimas confesiones expuestas en distintas entrevistas, entre ellas al diario mexicano La Jornada, imprimen que el dictador quiere la redención “pública” de sus errores sin caer en las palabras que verdaderamente le generan compromiso.

En la escalinata de la Universidad de La Habana donde comenzó su batalla en 1953, Fidel Castro comenzó a cerrar capítulos de su vida. No creo en realidad que los jóvenes allí presentes se hayan extasiado por sus palabras, más allá de la algarabía obligada que algunos tienen que seguir, y en otros realmente despierta.

El comandante de la Sierra Maestra quiere lucir ahora más humano, menos semidiós y Atlante, que como hasta hace cuatro años lo era. Confesó en una entrevista al mexicano diario La Jornada, que “estuvo a punto de morir”, que “sentía miedo”. Habló de su esposa, de sus temores personales, y de su salud, un secreto de Estado que al confesarlo quiere compasión. Con esas banderas se enfrentó ante los jóvenes universitarios, incapaces de abuchearlo y menos de pedir explicaciones de cómo está el país y qué pasará con la revolución.

No es de extrañar que en los próximos días surjan más inesperados "mea culpa", como el que confesó por la marginación en Cuba de los homosexuales al comienzo de la Revolución en 1959. “Una gran injusticia”, dijo al referirse a los campos de trabajo en que fueron recluidas estas personas por no responder al modelo revolucionario. Una refencia Nazi al estilo latinoamericano.

De darse lo que él tanto desea en el fondo: un conflicto nuclear entre Estados Unidos y los iraníes, saldrá ganando como profeta de guerras y Nostradamus, pero de no ocurrir, también, querrá llevarse a la tumba ególatramente la bandera de salvador profético que logró advertir al mundo las causas de su fin.

Por ahora, la oposición interna en la isla seguirá adelante, las Damas de Blanco más activas, los blogueros a la defensiva y Raúl Castro ensayando a ser independiente. Un juego difícil cuando por años estuvo ensombrecido por Fidel, quien a estas alturas no soporta verse suplantado y mucho menos olvidado.



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