A las puertas de Haití (Primera Parte)



Desde Puerto Principe.
Hora: 9:45 Pm.


El camino que conduce hacia Haití desde República Dominicana es una carretera larga y angosta circundada por enormes pastizales y árboles secos que campean contra la maleza.

Dentro de una llanura semimontañosa las plantaciones son de infinita especie, aunque los sembradíos de plátano y cientos de palmeras escoltan el camino y aparecen de la nada; no resulta extraño ver algunas vacas errantes por la carretera y uno que otro hombre andando al golpe del sol, pero dicen que en la noche, otros deambulan iluminados por la luna y las estrellas.

Desde Santo Domingo de República Dominicana tomé un autobús que en nueve horas debía dejarme al otro lado de la frontera de la isla, en Haití, alejado de cualquier realidad que pudiese imaginar y en el medio del castellano y el creole flotando entre los aires.

Lo único que taladraba mi cabeza era la idea de que iba a un país devastado por un terremoto y arrastrado por la miseria. Eso era lo que no me permitía dibujar el devenir. Querer prohibir a la imaginación que vuele sobre una idea, es lo mismo que querer impedir al mar que vuelva a la playa.

Y es que por mi mente no se asomaba ningún escenario de Haití o el propio Puerto Príncipe, la capital de un indómito pero también endeble país en el que a diario entran y salen sus ciudadanos como 
nómadas para volver, quizá de día, quizá de noche, a las puertas de la primera República negra libre de América, pero hoy la más pobre del Continente.

La frontera entre los dos países es en realidad una tierra "casi de nadie". Hay decenas de almas que se golpean entre sí como gallinas ciegas, cargando niños, cajas, animales, tobos, perros, gatos, maletas, bolsas; todo lo inimaginable que sobre el cuerpo se pueda adosar.



A la venta se ofrecen carnes, arroces, panes, rones, wisky, perfumes y jabones, sábanas coloridas, ropa usada y cd's de música que van desde los Beatles hasta cantantes haitianos que revuelven el sabor del creole. El panorama es bastante pintoresco y efervescente.  


El aroma del mar y el río impregnan esa frontera escueta de caminos de tierra y piedra blanca. En ese centro del mundo el Ejército dominicano custodia de su lado la zona conocida como el puesto fronterizo de Jimaní, y los militares, si acaso unos diez entre cientos de haitianos azarados, se pierden entre la multitud que se agolpa en el umbral del gran portón entre una civilización y a veces una barbarie.

Lo más parecido a ese caos vivo y humano es un hormiguero en plena jornada, donde la miseria y pobreza se respiran como fermento. A los autobuses que buscan cruzar la frontera se agolpan hasta por las ventanas los haitianos que viajan de un lugar a otro. Caminan, corren, gritan, pelean, deambulan y a muchos la risa se les pierde en el camino en medio de la travesura que a veces terminan convirtiéndose las osadías.



Dentro del bus viajaba un haitiano que iba a visitar a sus padres por segunda vez tras el terremoto de enero. Me conto que tenía una novia venezolana que era de Maracaibo y a la quería mucho. Le respondí que en verdad eran bastante wapas las mujeres de esa zona, pero con un gesto de negación me frenó en secó: "No, no, buenas no, les gusta cojer mucho, eso esta buenisimo", dice con una sonrisa morbosa que no puede controlar.


A los dominicanos les inquietó el hecho de que un venezolano cruzara la frontera terrestre con Haití. En tono parsimonioso tuve que explicarle al agente aduanal, un moreno alto, del color del caramelo en reposo y unos ojos muy enrojecidos como las fresas, que iba a hacer un trabajo periodístico y que regresaría en corto tiempo.


El agente, muy cortés, encogió los hombros, rozó su cara cribada de vellos sin afeitar, tomo nota en un papel rayado y me autorizó a abordar de nuevo el autobús, sin que antes, como un juez de la Corte sentenciara: "cuídese porque eso por allá es bien feo".

Con el sol incandescente de mediodía, el olor a mar y tierra seca, partió el autobús frontera adentro, con un pequeño cartelón al fondo en un francés manchado por el salitre se enunciaba a duras penas lo que tanto estaba esperando: "Bienvenue a la Republique d Haiti".



Foto: Frank Lopez Ballesteros

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