La doble moral de Occidente: Mubarak a los lobos

El presidente Hosni Mubarak y su homólogo estadounidense Barack Obama, en una visita que hizo el líder àrabe a la Casa Blanca en 2009

La crisis política que arde en los regímenes árabes del Norte de África tiene considerables reflexiones, y lo primero es que los pueblos tienen un límite, y que por más represión y autoritarismo al que se le someta, tarde o temprano terminan tirándose a las calles para expresar sus deseos de respirar en libertad. Lentamente, pero lo hacen.

Sobre el terremoto político que sacude Egipto, es obligatorio recordar que si el presidente Hosni Mubarak “reina” en la nación árabe desde 1981, es gracias al apoyo “incondicional” de las potencias occidentales, y para ser más determinantes, de Estados Unidos y los europeos, quienes ofrecieron oxígeno económico y militar al Gobierno de ese país por su moderación en una zona tan álgida como Medio Oriente.

Desde Washington y las capitales de las potencias europeas se toleraron durante tres décadas las acciones del Gobierno de Egipto por ser garante de una estabilidad obtenida mediante represión y violaciones a los derechos humanos incluso, aupando la figura de su líder como “digno de emular”. Ahora con el estallido de las revueltas populares en El Cairo exigiendo la dimisión de Mubarak, Occidente ha terminado de echarlo a los lobos para que lo devoren.

La presión mediática mundial, alimentada por los rostros jóvenes regados por Egipto; el poder de la Internet, una oposición invertebrada y una opinión pública crítica exigiendo las cabezas de los dictadores árabes, puede estar llevando a las potencias occidentales a tomar decisiones apresuradas sin analizar de fondo las consecuencias.

La historia de hace 32 años, en la que Washington terminó por “desplantar” al último Sha de Persia, Reza Palevi, dejándolo a la deriva tras el triunfo de la revolución islámica de Ruholá Jomeini, y a cuyo auxilio tuve que ir Anwar el-Sadat, parece estar repitiéndose en el cuerpo de Mubarak, cuyo régimen mantuvo en orden Egipto y la región árabe, a pesar de las ambiciones bélica de sus vecinos.

Por su parte, las propias palabras del presidente francés Nicolas Sarkozy refiriéndose con pasmo a la caída de la dictadura de Túnez, de donde ha partido la revuelta que chipoteado en Egipto, pero también Yemen, Argelia y Jordania, reflejan hasta cierto grado el cinismo de la política en defensa de los intereses.



Sarkozy reconoció haber subestimado el grado de descontento del pueblo tunecino y sostuvo que "detrás de la emancipación de las mujeres, del esfuerzo en educación…del dinamismo económico en Túnez, latía una desesperanza, un sufrimiento y un sentimiento de ahogo que, hay que reconocerlo, no fuimos capaces de apreciar en su justa medida".

Las relaciones de Washington y la Unión Europea con estos autócratas de la región (Egipto, Libia, Arabia Saudí, Yemen, Túnez, Argelia) demuestran que las perspectivas de cooperación en cuestiones de seguridad clave reducen enormemente la preocupación sobre las credenciales democráticas (o las carencias) del gobernante. De allí que la polémica que surge es hasta dónde se es útil como dictador, y en dónde quedan los discursos moralistas sobre libertad y democracia. ¿Qué tirano es más o menos necesario?

Las reacciones del gobierno del presidente Barack Obama instando a Mubarak a apartarse del poder significa tácitamente la retirada del apoyo a su aliado árabe más estrecho, una decisión que está siendo observada con cautela por los gobiernos árabes con quienes Washington y Europa tienen “estrecha alianza”.

El mensaje más evidente es que la clase política occidental está abandonando al líder egipcio, y esa percepción puede ser beneficiosa en un futuro próximo, en la medida en que los “regímenes de la zona” se están dando cuenta de que en el fondo han estado solos y de la noche a la mañana el poder se les puede terminar.

Israel por el momento ha sido el país más sincero en sus opiniones frente a la crisis egipcia, al expresar el propio presidente Shimon Peres su “agradecimiento” a Mubarak por “mantener la paz en Medio Oriente”. Uno de los temores de los israelíes es que las revueltas erosionen por completo a Jordania, debilitando al rey Abdalá II, cuyo país junto con Egipto son las únicas naciones árabes que reconocen al Estado judío.

Para Estados Unidos, los europeos, y sobre todo Israel, el miedo real es que tras la salida de Mubarak, una posible desestabilización de Egipto abra pasos a un régimen menos favorable, o incluso hostil, a los aliados tradicionales del país desatando un conflicto inimaginable.

Hay un período de transición en las gerontocracias árabes donde el apoyo tácito a esos regímenes, un viejo legado de la Guerra Fría, está comenzando a desmoronarse, y la experiencia indica que importar la democracia no es una receta nada fácil de aplicar en esa zona: Irak y Afganistán son el gran ejemplo. Hay que dejar que sean los ciudadanos –guiados con pinzas de sutileza y diplomacia-- quienes abran camino a la transición y, a la vez, a un proceso de reconciliación interno, es lo más necesario.


Fotos: Efe (1) Reuters (2) Efe (3)

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