Yemen: con la revolución popular más peligrosa

(Reuters)
De los países en los que han triunfado las revoluciones democráticas en estos meses, es en Yemen donde la posible caída de su régimen genera mayor crispación internacional .

Primero, por la profunda crisis económica interna; segundo, las luchas sectarias, y tercero, por la influencia de redes terroristas y separatistas, un coctel que alimenta los temores de sucesivos conflictos sociales.


Este país es escenario desde hace dos meses de intensas protestas contra los 32 años de autoritarismo del presidente Alí Abdalá Saleh, quien ha descartado de plano renunciar y hace frente a las críticas prometiendo lentas reformas.

Las revoluciones al estilo de Túnez, Egipto o Libia son además doblemente difíciles en Yemen porque están divididos en identidades tribales, sectarias y étnicas, y la amenaza de una guerra civil siempre ha estado latente por esta situación.

Yemen es el más pobre de todos los países árabes, con un PIB per capita de apenas 900 dólares, según el Banco Mundial, por lo que Saleh logró controlar y expandir su influencia con puño y hierro, una estrategia que si bien le favoreció, en contrasentido, también ayudó con el tiempo a sus detractores.

Si bien la cifra de opositores muertos aumentó por la ola de represión de los partidarios de Saleh estas semanas, las amenazas del dictador -quien se ofrece como un Mesías- pueden ser percibidas como exageradas, pero en el fondo tienen lago de razón.

Saleh advierte que Yemen podría caer en un conflicto armado y fragmentarse en líneas regionales y tribales si abandona su cargo inmediatamente, un escenario similar a lo que ocurrió en Irak tras la invasión estadounidense y la salida de Saddam Hussein.

"La legitimidad de Saled proviene de su capacidad de integración entre el Norte y el Sur... eso prácticamente lo convirtió en un símbolo de integración", sostiene un informe del Fride, un centro de estudios internacionales independientes con sede en Madrid.

A pesar de ese férreo control presidencial, el brazo yemení de Al Qaida en la Península Arábiga se mantiene activo. Se atribuyó en diciembre de 2009 un intento frustrado de volar un avión que se dirigía a Detroit, y de cuatro bombas con destino a Estados Unidos enviadas en octubre del 2010.

Washington, que ve a Saleh como un aliado clave contra el terrorismo en su país, sabe con profundidad que una desestabilización del régimen sería riesgoso, pero la coyuntura interna no da muchas opciones; es el desafío de las últimas revoluciones en el mundo islámico.

Es por eso que "un enfoque 'duro' de seguridad que no aborde los graves problemas de gobernanza interna del país (crisis económica y desempleo) no debilitará a Al Qaida, sino que la fortalecerá, puesto que 'se alimenta del descontrol interno de Yemen'", advierte Kristina Kaush, especialista política del Fride.

El enfoque, más allá de que las palabras de Saleh tengan peso, es que Yemen se vea respaldado en beneficio de solventar los verdaderos problemas socioeconómicos que la asfixian para que las redes terroristas no sigan alimentado su discurso y el país no se convierta en un tercer frente de guerra tras Irak y Afganistán.

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