La inaudita Puerto Príncipe


Un autobús en la frontera entre Haití y República Dominicana
Esta es mi última crónica de mi viaje de "vacaciones" por Puerto Príncipe, la capital de Haití. Espero la disfruten

Puerto Príncipe, sin remordimientos, es una ciudad gris, desorienta, deforme. Está circunda por elevadas colinas escarpadas manchadas de un verde mate abrasadas por el sol. En las noches los cocuyos de luz, perdidos y sin orden, aparecen y relumbran con lentitud como un alma en pena. A lo lejos, una franja de mar esmeralda se rompe en el horizonte y se divisan las grúas oxidadas del puerto, escoltadas por barcos de todas las envergaduras que reposan de sus trajines.

En la capital de Haití estuve durante ocho días del mes de diciembre, y la mejor forma de conocer la ciudad es caminándola como errante. Una jungla de concreto derruido es la respuesta al terremoto del 12 de enero de 2010. Ni ahora ni nunca hubo aquí edificios de arquitectura atildada, grandes torres faraónicas, ni templos majestuosos. Y en realidad, lo que se le podía parecer, se desvaneció en cuestión de minutos.

Por la mañana, los primeros días, un aire espeso y a veces nauseabundo, planeaba sobre la zona en la que me hospedaba, el Hotel Oloffson, ubicado en el centro de la ciudad, y desde donde al amanecer, y durante muchos días, un sol fatigoso propagaba por la ciudad una luz refulgente y fría. En las tardes, era totalmente distinto, el ambiente se volvía bochornoso y áspero; pero por las noches, no había momento en que las estrellas destacasen su dureza pedernal sobre el cielo y el viento asustara de momento golpeando con suavidad.
Al salir del hotel uno se adentra por estrechas calles con paredes leprosas y profundos huecos. Para llegar a las colinas es necesario tener una camioneta todoterreno, al menos que se quiera un recorrido de un día para llegar a la cima. La ciudad vista desde la montaña da una ligera impresión de cómo está el corazón del país.

Miles de carpas de improvisto rellenan la ciudad
A un lado, restos de casas y edificios incólumes de colores pálidos golpeados por el sismo, desde donde se desprende de la nada olores de pasto húmedo y tierra seca. En el centro todo avanza junto: los carros, las personas, los animales, las carretas y los camiones. Por el otro extremo, hay montículos de escombros y amasijos de hierro desde donde sobresalen los techos de miles de tiendas de campañas de varios colores: son los guetos de goma y lona que surgieron luego de la tragedia de enero, y que se convirtieron en los complejos habitacionales de la miseria que se entremezclan con edificios y tierra.

En una de las calles del centro, aparecen de imprevisto los singulares Tap Tap, unos pequeños microbuses de colores muy vivos que sirven de transporte público, los cuales viajan deprisa entre los escombros de una empinada, mientras la música que oye el conductor retumba el camino haciéndola parecer más un acordeón que una unidad de pasajeros.

En los Tap Tap se puede leer entre esa gran policromía frases ofrecidas a la divinidad; dedicaciones de amor, poemas, dibujos de calaveras, de animales, de santos y flores carnívoras. En el espejo posterior siempre hay una figura o lema ofrecido a la inmortalidad de las palabras y la irreverencia de las pasiones que allí viajan bólidos.


Varios haitianos viajan agolpados en los Tap Tap

De vez en cuando saltan sobre esas mismas avenidas buhoneros que ofrecen una escueta mercancía que consta de pequeños palos de caña de azúcar; bolsitas de agua, dulces, cajas de chicles, chocolates, preservativos, cigarrillos detallados, y unos que otros, alquilan llamadas desde celulares y llevan largas carpetas transparentes repletas de CD con las que pregonan a grito pelado los títulos de las películas o los nombres de los cantantes del momento.

Los palacios de los faraoes
En Puerto Príncipe también hay casas grandes y mansiones elegantes desperdigadas por las montañas. Viviendas de dos y hasta tres plantas con adoquines, terrazas, anchos pinos y techos de tejas coloreados de azul y rojo. En los portones no es difícil encontrar camionetas de diferentes marcas y tamaños --BMW, Mercedes, Honda, Land Rover--, con una que otra motocicleta o un lujoso sedan lustroso haciendo fila. A lo lejos brillan como diamantes las ventanas de los caserones que se hallan mayoritariamente en Petion Ville, un barrio sobre las montañas, donde viven las familias ricas del país, porque hasta en Haití, la nación más pobre de América, hay gentes con enormes fortunas.


Una vista de Petion Ville

La capital es la ciudad con mayor población de la isla, y eso se percibe en cualquier calle donde se ve a la gente aglomerada para hacer la más mínima de las acciones humanas: comprar la comida, esperar el autobús, conversar, beber una cerveza, cocinar, leer, conseguir la medicina, hacer una llamada, orinar, defecar y hasta copular. Lo que en otros lugares puede estar resguardado en una tienda, en Puerto Príncipe fácilmente está desperdigado en una esquina y en medio de una plaza, desde las frutas hasta los libros, el repuesto de un carro a un sacerdote sermoneando.

Y es que más allá de esta urbe, en sí, Haití es uno de los países más superpoblados del continente ya que apenas dispone de una tercera parte de la extensión de tierra de La Española, pero alberga casi dos tercios de la población de la Isla (once millones de habitantes según el último censo) de modo que su densidad de población se aproxima a los seiscientos habitantes por kilómetro cuadrado. De esa gran proporción un millón se concentra en Puerto Príncipe.

Por esto el ambiente es turbio y confuso en muchas calles, no hay nadie callado, y mantener la concentración es algo bastante difícil, pues a la gente le gusta compartir la placidez y las agitaciones pueriles de su vida con la ciudad. Todos hablan pero también todos gritan, gesticulan, ríen, bailan, saltan, mueven sus manos: los haitianos explotan al máximo cada articulación de su cuerpo para expresarse, porque en esta ciudad la vida de día y de noche se forja en las calles.

La venta de comida en la calle en las noches es muy común

Puede decirse que toda esta forma de vida es normal en las capitales latinoamericanas, sobre todo en las islas del Caribe, donde el calor sofocante del día, de la tarde y la noche, obligan a las más osadas peripecias para sobrevivir, pero en este lugar es diferente e inevitable.

Una de las cosas que hace saber que uno está aquí, que diferencia a la ciudad de otras urbes de América y el mundo, es que en cada esquina un carro, una casa, sobre los escombros, o en la camiseta de un haitiano, está marcada el apellido de una ONG. El país está inundado como con plagas, por la ayuda y la misericordia internacional que llega a diario a hacer lo que otros han tratado por un tiempo y nada cambia; la propia mísera realidad de la zona termina suprimiendo el esfuerzo de muchos; es una cadena sucesoria de esperanzas que no parece terminar.

El comercio informal de latas, plásticos y repuestos se ve en toda la ciudad

Por la tarde, ya a la hora del crepúsculo, que por esta época decembrina llega más temprano, las calles quedan desiertas, y desde el mar siempre nervioso e inquieto, se levanta el olor de algas y peces entre agua salada. A golpe de las seis, se puede ver sobre las aceras y avenidas a muchos jóvenes regresando a sus casas como parvadas catando canciones de Eminem y Bob Daddy en un raudo inglés golpeado por el creole. Van vestidos con la moda estadounidense de los raperos, con anchos pantalones y gorras volteados, camisetas de estampados gigantes, los pelos apelmazados por la gomina, mientras agitan sus brazos al ritmo de los coros perdidos.

Para muchos haitianos católicos el domingo es el día propicio para purificar el alma y encontrarse con Dios. Algunas iglesias están construidas de improvisto dentro de casas llenas de lamentaciones y acciones de gracias. Hombres y mujeres acuden a estos templos con sus trajes más elegantes de colores claros u oscuros. Las señoras adornan su pelo con sencillos tocados como las aristócratas inglesas.

Una mujer ajusta el vestido de su acompañante dentro de la misa

Con esa pulcritud sacramental, los feligreses llegan solos o en grupos luego de recorrer las calles con sus biblias sudadas entre las manos mientras unos cantan, murmuran o sencillamente cavilan en medio de paredes y avenidas abrazadas por imágenes paganas de figuras fálicas, calaveras y demonios negros del vudú, en un país en el que 80% de su población profesa esta fe.

En una misa a la que asistí de improvisto, el sacerdote impartía su sermón con una voz fresca en un afable francés. Era alto, desgarbado, de cara redonda y con una aureola de pocos pelos que acentuaba su calvicie. Ese domingo, como muchos otros, las familias acuden a bautizar a sus niños, por lo que la ceremonia implica el encuentro profuso de primos, hermanos, tíos, abuelos y amigos. Antes del ritual bautismal, el cura ofrece la misa leyendo pasajes de la Biblia y repite en varias ocasiones el nombre de “Jesús”, a lo que un coro de feligreses, entre letanías, termina respondiéndole con un protocolar: “amen”.

Tras la homilía el cura le pide a los feligreses que se pongan de pie, liberando de esa manera el aullido represado de los bancos que por un momento estremecieron el templo haciendo coro con el murmullo de los devotos que de la nada se quedaron impávidos a la espera del nuevo sermón. Había llegado el momento de recordar la memoria de los muertos.

Una familia se alista para llevar a la pila bautismal a su hija

Invocando la redención entre clamores, el sacerdote llevó sus recuerdos a la tarde del 12 de enero, cuando el espantoso terremoto que puso de rodillas a los haitianos avivó los temores de que el Apocalipsis había llegado.

En ese instante en el que se desea que la memoria se borre por completo, bajo el vapor áspero de la mañana, y las miradas fijas de los santos de porcelana y el crucifijo la gente se abstrajo, y un pausado silencio abrió paso a una tormenta de lágrimas: había hombres y mujeres abrazándose entre sí, chocando las miradas con lágrimas desprendidas, lloraban con una pasión natural entre murmullos, quizá por los vivos, quizá por los muertos, quizá por todos, pero cada gota era el reflejo más inocuo de lo que se pedía: “¡piedad, piedad!”.

En la casa de Caín
Todas las ciudades del mundo acobijan cielos, purgatorios e infiernos. Unas más que otras viven a la sombra y luz de estos lugares donde confluyen sus gentes. En Puerto Príncipe, el barrio de Cité Soleil, es el paradigma de esos escenarios.

Cuatro cochinos comen los restos de la basura en la calle

Al caminar por las fronteras del mayor barrio de la capital y el país, esa mezcla de miedo y miseria se conjugan para comprender que, como en todas partes, también aquí los gánster, las grandes mafias y el vandalismo tienen su propio mundo.

El nombre de Cité Soleil es reflejo de las adversidades de esta nación. En los años ochenta, en honor a su esposa Simone, el dictador Jean Francois Duvalier rebautizó al barrio como Cité Simone, de esa manera la poderosa dinastía presidencial alardeaba de su omnímodo poder a merced de la miseria de su pueblo. Tras la caída del régimen y el desgate popular, recobró su viejo nombre y terminó convirtiéndose en un hervidero de pobres y míseros campesinos que fueron llegando a la capital tras la hambruna y desempleo que golpeó a la isla.

Para muchos haitianos ese lugar se convirtió en un paraíso de la esperanza y del trabajo obrero bajo la sombra de la indigencia; para otros, en el bastión de las viejas mafias que hallaron en la zona una sombra en medio de la espesa impunidad reinante en el país.

En el canto IV, Dante Alighieri en la Divina Comedio, relata que el infierno es un gran valle de figura cónica, con la punta hacia el centro de la tierra, cuya superficie le hace de tapa. Se divide en nueve grandes cercos, muy distantes el uno del otro, y estrechándose cada más; de manera que el sitio tiene, en cierto modo, el aspecto de un antiteatro. Así es Cité Soleil.

Las fronteras de este barrio son de hojalata y madera, y desde lejos despiden una inconfundible vaharada de excremento humano y pudrición. Pocos son los que se atreven a entrar a este lugar, y quienes lo han hecho, lo describen como un lugar donde la piedad es a veces inútil. Allí a estas alturas conviven pequeños gánster haitianos que cuentan con armamento de todas las formas y tamaños, y las luchas entre mafias es la escena cotidiana entre sus más de 400.000 habitantes.

Durante varios años, hasta 2007, el área fue gobernada por una serie de bandas, cada uno controlando sus propios sectores. Pero el mando del gobierno se restableció después de una serie de operaciones a principios ese mismo año por parte de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití.

Desde el estirado pasillo del hotel en la terraza, todas las mañanas apreciaba el paisaje y detallaba a las golondrinas viajando bajo el ritmo de sus trisas que se perdían de la nada entre el bullicio natural de la ciudad. El ancho cielo frío cubre hasta bien tarde las mañanas en Puerto Príncipe, y a lo lejos unas delgadas nubes se abrazan ante un sol tosco que parece reclamar su territorio límpido.

 Así también desde bien temprano, la gente ya transita las calles con pasos aligerados; los carros van de prisa tocando sus bocinas; las madres llevan de la mano a sus hijos que visten de escolares; el obrero va con su traje ocre, otros hombres trajeados de corbata; las mujeres con suntuosos moños en su cabeza, y de esa forma, todos parten a sus quehaceres diarios como habitantes de un lugar donde lo insólito es lo común. Un país de mitos y realidades. 

Vista de Puerto Príncipe desde el Hotel Oloffson
Esta es la última crónica de mi viaje por Haití, dedicada a Puerto Príncipe

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