Los colores del periodismo



Sobre el techo de mi biblioteca sigo acumulando, como un ratón, montañas de hojas sueltas de periódicos. A veces son cuerpos enteros que no termino de revisar por la vorágine de los días, pero estoy consciente de que allí hay algo valioso que no debo obviar. Mucho menos echar a la basura. Cada recorte, cada pedazo de papel es una vida humana perdida –o ganada—en el obsesivo mundo de las letras.

Durante estos cinco años de periodista he ido amontonando también revistas de todo tipo, con portadas de fotos exuberantes y simbólicas, o personajes famosos que atisban una sonrisa comercial. Pasan los años y no solo yo envejezco y me pongo jodido, fastidioso, feo, sino también esas hojas de la prensa y los magazines, porque si el color de la longevidad es el blanco de las amargas canas, el del periodismo escrito se mide en el amarillo de sus hojas. Cuánto más viejo seas, más dorados serán tus memorias en este oficio.

Pasan los días y no solo el amarillo va carcomiendo los recuerdos y manchando las letras negras que sustentan días de trabajos alegres o amargos, los datos, los números, las cifras contradictorias, las citas, las verdades de Perogrullo. Lo peor de todo, es que luego de tantos esfuerzos por conseguir y contar la noticia que sacudió al país ese día, que rompió hasta los corazones más rocosos; parir la entrevista de meses o sufrir durante horas para que un niño malcriado del deporte o la televisión te diga algo, nuestro trabajo no queda más que para embalar tazas de vidrio, hacer barquitos de papel, limpiar ventanas, cubrir las paredes, y el peor de los honores, de miadero de los perros. ¡Hasta eso hemos llegado!

Cuántas veces no he visto en los periódicos de casa las fotografías de guerra con cuerpos ensangrentados; de la mujer traumada en la Morgue de Bello Monte, de las glorias de Rafa Nadal, Greivis Vásquez o Michael Phelps, cubiertas de un chorro insulso de orine de mi perro o una sutilísima montañita de sus excrementos sobre los créditos de esas imágenes, porque al final también ellas terminan resucitando en otra vida, perdiendo brillo, fuerza, haciéndose más opacas, borrosas y frágiles. Un gris tedioso las asfixia, las acosa, las sepulta.

Ese es el color rencoroso de la fotografía, su verdadero enemigo, es el gris del olvido: viene del blanco y negro del dolor, del rojo y verde de la furia y la esperanza, del azul y naranja de la libertad, del violeta y amarillo de la alegría. Los periodistas somos hombres y mujeres de colores. Que el dolor de ese amarillo viejo no nos traume o acompleje, que ese mudo gris no nos desaliente. La fotografía y las palabras son un espejo de la realidad y no todos la saben contar, de esos pocos, los bien llamados periodistas. ¡Qué honor!

Foto: periodistadigital.com

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