Y todos quieren ser como Lula


El expresidente de Brasil siempre viajaba con su propia cámara fotográfica (Reuters)
 El explosivo crecimiento que vivió Brasil durante los dos mandatos del ahora expresidente Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2011) impulsó un modelo de referencia para la clase política latinoamericana, donde más que hablar de corrientes de izquierdas o derechas, la base ha sido el desarrollo social con una visión pragmática.

Ser como Lula o quererse parecer a él ya es una moda: la corbata azul y la camisa blanca se hicieron marketing entre los políticos regionales. Ni se hable del uso de la guayabera y mostrarse dicharachero. El azul busca sepultar el rojo chavista que antes era una moda.  

Y es que los analistas coinciden en afirmar que existe cada vez más una demanda en la región –incluso en países que tienen mayor rendimiento democrático--, de una ingente y verdadera distribución de los ingresos y mejor calidad de vida como la que se dio en Brasil.

El exmandatario entregó este año a la presidenta Dilma Rousseff un país que ganó espacio en la comunidad internacional como una nación emergente que busca no solo dinamizar la economía, sino mostrar su propio estilo y carácter.

Solo en 2010 Brasil atrajo 141 millardos de dólares en inversión extranjera; la economía creció 6%; China se convirtió en el mayor inversor foráneo en esa nación. Se apoyó al sector privado, hubo mayor redistribución social de la riqueza, y durante su presidencia, Lula mantuvo espléndidas relaciones con Estados Unidos.

Todo esto al mismo tiempo de que el lulismo brindaba con gobiernos como los de Cuba, Irán, Zimbabue o Venezuela, antítesis al propio modelo brasileño. Los mostraba como sus aliados.

La franquicia de Lula se está exportando; tiene matices, modos de aplicarse, pero al final es adaptable a cada país.

Varios miembros del Partido de los Trabajadores –el movimiento de Lula– han brindado asesoría en estos últimos años a políticos que buscan seguir aquel modelo bajo un fórmula clave: la moderación.

El ahora presidente de El Salvador, el izquierdista Mauricio Funes, para distanciarse del modelo del presidente Hugo Chávez, al cual se le vinculaba, se mostró en su campaña de 2009 como un admirador de Lula llegando a expresar su deseo de emularlo. Y ganó.

“La cuestión ahora es ver cuán capaces son los candidatos y presidentes electos de plasmar en sus gobiernos algunas de las ideas principales de lo que realmente representa Lula”, se pregunta el politólogo Santiago Basabe, académico de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

Encapsular el modelo y gestión de Lula en una corriente de izquierda o derecha sería un debate complejo, a pesar de que el exmandatario fue un reconocido líder sindical vinculado a la izquierda brasileña.

En sus ocho años de gestión aplicó políticas que tradicionalmente se separan –según la teoría– de su línea de acción ideológica. Para Basabe, “Brasil terminó siendo efectivamente un gobierno pragmático”.

Es por ello que quien busque emular a Lula y su modelo tendrá que “copiar” ese pragmatismo con estilo propio si quiere avanzar.

“Ese político deberá apostar por una redistribución de la riqueza, políticas sociales que al mismo tiempo sean respetuosas del entorno internacional, abierto al mercado y la inversión extranjera... eso es ser lulista en verdad hoy en día”.

El presidente electo de Perú Ollanta Humala, adoptó un perfil similar al del exmandatario brasileño, menos radical que Chávez, y fue bajo ese manto que logró en su país hace una semana conquistar el voto de los moderados e indecisos.

Tras bastidores la franquicia Lula da Silva envía un mensaje: moderación. Un término que debe aplicarse con sutileza, sobre todo en una región como América Latina donde un puñado de estados carece de gobiernos con líderes e instituciones sólidas.

Ciertamente este exlider sindical, visto ahora como un "estadista", --creo que sí lo es-- se ganó también un cúmulo de criticas y rencores por su laxitud hacia gobiernos de escaso proceder democrático en la región, a lo que reaccionaba el brasileño con una corta frase: "no debo inmiscuirme en asuntos de otros países". Y esa es otra posición que los futuros Lula deberán poner en la balanza. Pragmatismo, prudencia o insensatez.

La necesidad entonces, de ser “como Lula”, es solo referencia del anhelo de progreso en Latinoamérica que percibió en Brasil “un milagro”. Así como en Colombia Álvaro Uribe doblegó a las guerrillas, o Michelle Bachelet terminó de impulsar el crecimiento de Chile, cada quien busca un mecía real para su realidad. Sea de izquierda o derecha, lo importante son los buenos resultados y la transparencia.

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