Los miedos a una estatua


Estatua ecuestre del expresidente Antonio Guzmán Blanco, hoy no existe
Tener una estatua es algo grandioso, pero hay una confesa animadversión por parte del presidente Hugo Chávez hacia este magnánimo honor. Así lo hizo saber recientemente cuando en cadena nacional reclamó que no se erigiera ninguna de estas figuras con su rostro, al recordar que unos agradecidos seguidores pensaban hacerlo.

¿Temor al culto o al rechazo masificado a través del yeso y el bronce? ¿Superstición? ¿Respeto a la Biblia? Las especulaciones y variantes toman peso desde la óptica que se le aprecie, y sobre todo, en un hombre que explota con creces su imagen.

“Yo les voy a hacer solo una sugerencia muy respetuosa, porque yo estaba viendo ahí dos bustos que tienen ustedes. Y yo tengo que en eso ser muy claro, muy claro, a mi no me gusta que estén poniendo bustos y sé que a Fidel tampoco", reclamaba Chávez tajante, en referencia a esa “honrosa” distinción de una urbanización llamada "Los dos comandantes" en la ciudad de Coro donde colocaron una efigie de él y otra del Fidel Castro.

El culto al chavismo, es decir, a la figura del presidente Chávez como deidad político-humana y sobrenatural para muchos venezolanos, es parte de la política personalista del gobierno para perpetuar al Jefe de Estado como único e insustituible. Pero si hay afiches, canciones, restaurantes erigidos con su imagen (las areperas socialistas) y hasta muñecos y títeres, ¿por qué un busto o estatua perturban tanto?

En toda Cuba no hay una sola estatua de Fidel de Castro, ni siquiera un busto. Sobran murales con la imagen incólume del líder cubano como un Atlante en las calles, avenidas y sitios oficiales. Lo otro, repito, no.

“Me imagino que eso se debe a la aversión al culto a la personalidad que minó el prestigio del estalinismo y que denunció Nikita Krushev en el famoso XX Congreso del PUCS. Desde entonces no se volvieron a hacer estatuas en la URSS de líderes soviéticos vivos y me imagino que Fidel hizo suya esa política”, me explicaba el académico e intelectual peruano Luis Esteban Manrique.

Explorando el por qué de esa animadversión recordé que Gabriel García Márquez escribió una vez que muchos hombres gloriosos están “llenos de mierda de paloma”, en una clara referencia a esos símbolos de la magnanimidad que representa tener un busto o una estatua erigida en el centro, esquina o muro de algún rincón del mundo. ¿Miedo a convertirse en posadero de palomas?

“En todo caso es positivo—explicaba Manrique--, que un narcisista patológico como Chávez no haya caído en ese burdo autobombo de las estatuas, como en cambio, en Argentina Cristina Kirchner ha levantado una mausoleo gigantesco para su esposo”.

Una variada gama de políticos, quizá por genética, tienen una excesiva pasión y necesidad por exacerbar su imagen y proyectarse, de eso obtienen rédito, de eso viven.

En cuanto a los dictadores, es indudable la pasión que tuvo Francisco Franco en España, Lukashenko en Bielorrusia, o más hacia el pasado en Venezuela, Antonio Guzmán Blanco, que con dos grandes estatuas en distintos puntos de Caracas, hizo de la capital un templo a su egolatría y magnanimidad.


Plaza en honor al expresidente Néstor Kirchner

En tal caso, una efigie de Chávez representaría la verdadera inmortalidad de todo lo que el gobernante representa para la dos Venezuela que construyó. Para algunos sería un santuario de veneración y para otros, la madera para encender la hoguera y quemar los demonios.

Inmortalidad pero viviendo
Para sorpresa de muchos en noviembre del año 2010 el Ejecutivo aprobó un decreto que prohibía el uso de su nombre, imagen y figura en cualquier tipo de obra o edificio público, así como en organizaciones políticas, sociales, comunitarias y campañas publicitarias en las que la imagen de Chávez fuera “mencionada”. Hasta la fecha, y alistando los motores para las elecciones de 2012, la disposición jamás se ha cumplido y jamás se cumplirá. Caracas como toda Venezuela está hoy impregnada de rostros y frases del comandante.

Este repelús al culto a través del yeso o el bronce el psicólogo y analista conductual, Jan Pahl Paparoni cree que se debe a la idea de “evitar que la imagen de Chávez sea asociada con cosas como obras sin terminar o abandonadas”.

“Él anda capitalizando ahora solamente su capacidad de carisma—agrega--- porque su capacidad gestora es obvia que hasta para los chavistas, no sirve para nada. Lo único que los mantiene es la percepción de que por lo menos tienen a uno ''de los suyos'' en el poder”.

Paparoni incluso lleva este rechazo al grado de la superstición, un referente incuestionable de la cultura venezolana, a la que no escapa Chávez.

“Creo que podría haber un componente mágico-religioso, como anda enfermo, puede que crea que su ''mana'' (su fuerza vital) pueda ser contaminada por el ''eter'' (el espacio de acción acausal) de las influencias que genera una figura. En el pensamiento mágico imitativo una figura tiene parte del ''alma'' del representado. Estando él vivo es como si lo llamaran al ''mas allá'' y obviamente a él le debe causar esto cierto temor”.

El presidente Chávez escoltaba su rechazo al monumento recordando que Fidel también era contrario a ese honor. "Créanme que no es agradable para mi ver un busto mío. No, no me gusta nada. Se lo agradezco, pero no me gusta nada y yo sé que a Fidel tampoco”, insistió.

“La idolatría es algo inherente al hombre”, sentenciaba Fernando Savater en su obra “Los diez mandamientos en el siglo XXI”. El célebre escritor español, hablando sobre los ídolos y la idolatría refería que el ser humano no podía evitar “este mal”, dígase, la veneración. “Pero cuidado, tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque a veces es difícil bajarlos sin que se derrame sangre”.


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