El destino de Siria y el destino de Al Assad


Una fotografía de Al Assad en la bandera siria (notimex)
A un año del estallido de las primeras revueltas contra Bashar al Assad en Siria, el curso de la revolución contra su régimen rebasó el límite "estacionario". Lo que comenzó como una “primavera” rebelde pasó a un verano cálido manchado de sangre. En un otoño tenso se pensó que todo acabaría con las promesas de reformas políticas, pero llegado el invierno, el número de muertos se multiplica por día bajo el temor de una guerra civil que realmente ya comenzó.

El mundo se pregunta las razones que frenan un ataque militar para evitar que siga derramándose más sangre en los bastiones alzados contra la dictadura. Comparan la situación con lo ocurrido en Libia y la gente espera lo mismo, pero es que las realidades y contextos son totalmente distintos, y si explota Siria el riesgo de una escalada violenta en todo el mundo árabe sería más peligroso que las últimas revoluciones de 2011 juntas.

¿Por qué? Siria equilibra dentro a diversos estados, sectas y grupos étnicos del Islam que en sus regiones se ven amenazadas o sencillamente allí se radicaron sin problemas. A la vez es el bastión de organizaciones armadas con amigos y enemigos en todo el Islam y Occidente. Y sobre todo tiene como gran aliado a Irán en su región, y a China y Rusia en el exterior.

Manifestaciones a favor de Al Assad en Líbano (Efe)
A medida que se habla de una salida del dictador, menos se sabe quién puede tomar el poder y restaurar el orden. Su círculo gobernante está salpicado de sangre por aceptar la represión sobre Homs. Los militares lo siguen respaldando. Los comités opositores formados en el exilio son un círculo disparejo con ideas inconexas aunque con el mismo propósito: lograr la salida del dictador. Y sin duda, los Al Assad cuentan con mucho respaldo al interior de Siria.

El hecho de querer armar a los rebeldes es un debate constante en Estados Unidos y los círculos políticos europeos, pero también en los gobiernos y monarquías árabes que ven en conflicto que desangra Siria una amenaza para débil seguridad de su región.

Qatar expresó esta semana su disposición de ofrecer ayuda militar a los insurgentes, así como también Libia, y la prensa turca ya considera el hecho como algo "casi inevitable". Por ejemplo, el Consejo Nacional Sirio (CNS), principal voz de la oposición, creó una oficina militar para organizar el abastecimiento en armas, por lo que concretar los detalles luce como una cuestión de tiempo.  

Pienso que una verdadera guerra le convendría a Bashar al Assad en estos momentos; así terminaría por estimular a los bastiones militares que se han rehusado a participar en la represión contra la disidencia. Exacerbaría el sentimiento de unidad nacional a su favor como “defensor” de la soberanía contra las potencias. Con ese caldo de cultivo es mucho más fácil conseguir el soporte de diversas facciones terroristas para mantenerse en el poder por un tiempo más.

La piedra angular
El desmoronamiento de Siria también representaría un impacto para Irán, y eso parece alentar a las potencias occidentales y muchas naciones árabes.

El gobierno de Al Assad lo controla una poderosa minoría alauí, cuya secta es una rama del Islam shií. Los iraníes son shiíes, al igual que Irak. En tiempos en que el régimen de los ayatolás está enemistado en gran medida con Occidente, el apoyo de Damasco es vital, y por ello están dispuestos a apoyar a su socio hasta sus últimas consecuencias. De allí que muchas potencias deseen el fin de Al Assad para acelerar posibles revueltas en Irán.

El presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad (IRNA)
Si Libia sorprendió por lo sangrienta que fue la revolución contra Muamar Gadafi, la de Siria comienza a parecérsele. Con el apoyo de Rusia y China en el Consejo de Seguridad es mucho más difícil lograr una acción militar internacional para frenar la matanza contra opositores. Moscú no puede darse el lujo de perder un mercado seguro de armas y menos, la influencia en Medio Oriente. Esto es un arma de doble filo, pues los países “liberados” lo observan hoy como cómplice de Al Assad y una caída del régimen terminaría por minar la confianza hacia el Kremlin.

Los caminos
¿Qué puede acelerar entonces el fin de la violencia en Siria? Las sanciones internacionales comenzarán tener un efecto real en pocas semanas en todo el país, con lo que los ciudadanos y también la clase política y económica dominante se verán afectados, erosionando el sistema.

La comunidad internacional le advirtió al joven dictador que los responsables de la sangrienta represión "tendrán que responder por sus actos", unas palabras que apuntan directamente a su persona. Negociar es una tarea compleja porque a estas alturas nadie le cree. Las reformas constitucionales aprobadas en febrero apenas se aplicarán a partir de 2014 y él puede seguir gobernando por unos 12 años más. Exiliarse es una buena opción, pero le persigue la amenaza de caer en las manos de la Corte Penal Internacional.

¿Parecerse a Hosni Mubarack, que entregó el poder y ahora afronta un juicio? ¿Huir al exilio como Zine El Abidine Ben Alí, el dictador tunecino? ¿Entregar el poder a su pequeño círculo como hizo el expresidente yemení, Ali Abdullah Saleh y salir amnistiado? ¿Morir hasta el final como Muamar Gadafi? Estas cuatro cartas son el resultado de lo que comenzó hace un año a hervir en Siria, y tarde o temprano, lo más seguro, es que con los cimientos trastocados del régimen Al Assad terminen de colapsar. Todo luce como una cuestión de tiempo.

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