"1984" en las calles de La Habana



Un carro recorre El Malecón (FLB)
Al atardecer es casi un ritual acercarse a los muros del Malecón para deleitar las malcriadeces del mar contra las piedras. El efluvio de las brisas marinas deja traer por instante ese olor de los peces vivos que se impregna sobre la ropa, y de la nada llega la noche. Un grupo de muchachos están cantado a buena melodía una canción romántica de Gilberto Santa Rosa, mientras un hombre los observa con una mirada compulsiva por largos instantes.

Entre los trovadores con su guitarra y el rumor de los carros bólidos, el hombre arrancó una conversación en tono nervioso. “No hables mucho porque nos ven desde arriba”. “No alces la voz porque dicen que te pueden oír”. “Haz una pared y cubre mi sombra mientras hablo”. Aquellos delirios maniáticos lucían malsanos, pero a Orlando no le pareció nada exagerado resguardase sobre lo que siempre le han advertido.

Hace dos años las autoridades de La Habana instalaron cámaras de seguridad en los grandes faroles que iluminan las calles de El Malecón así como en otros puntos estratégicos de la ciudad. Por cada dos postes, desde una cámara, se puede vigilar a hombres y mujeres acostumbrados desde siempre a ser observados sin que muchos se den cuenta, en una nación donde la sociedad policial creó un Estado del miedo.



Foto/FLB
Orlando, como dice llamarse este hombre, de la nada se sienta sobre la piedra y una mujer –su esposa—llega con una botella de ron Havana para celebrar. “Celebrar eso, hay que celebrar” ¿pero qué hay que celebrar? “Nada, solo nada, eso es bastante además que podemos reír mucho”, y lanza una carcajada nerviosa para luego asir el primer trago de ron blanco.

Los muchachos de la guitarra se acercan y comienzan a cantar una pieza de la banda mexicana Camila 
--Aléjate de mí-- al compás desafinado de Orlando que golpea una llave contra la botella simulando una charraca.

Él tiene 56 años, es un anestesiólogo que se aburrió de hacer dormir a la gente y se puso a estudiar oncología. Durante tres años prestó servicio médico en Haití añorando que aquella tierra libre de negros le diera precisamente eso: libertad. “Yo no he dicho eso, yo vivo en libertad, la cámara nos ve”, espeta burlón sin saber si lo que dice lleva intrínseco una verdad a medias o es un simple suspiro de frustración.

De cuerpo robusto, nariz aguileña y tez blanca, este hombre habla pausado, como analizando cada verbo. Viste una franelilla blanca inscrita con la frase “Fedex”, la empresa de encomiendas estadounidense. Lleva en su muñeca izquierda un reloj plateado que lanza destellos por instante en su encuentro furtivo con la luz. “Aquí uno está feliz porque esto es la felicidad. Sí esto”, y abraza su alrededor con la mirada sin que una alma a la deriva se asome, porque hasta los trovadores se han marchado.


“Esto aquí –habla de Cuba llevando su mano al bolsillo--, es la tierra de la fantasía, todo va muy bien. Habla de todos pero no hables de nada y te irá bien. Ríete de todo y serás feliz" ¿Ves esas cámaras? –las señala--"a muchos les dicen que pueden oírnos también, no solo vernos. Yo a veces me lo creo, se ha visto tanta mierda aquí que a veces me lo creo”. La esposa de Orlando se le acerca. Es una mulata de vientre abultado, pelo negro hirsuto, una sonrisa que destella blancura aunque no tiene gracia. Ella le acaricia la nalga y en un tumbado morboso le aprieta los testículos como las tigras en celo que cortejan a sus machos.

Esas cámaras de las que tanto habla Orlando casi paranóico su esposa le guarda un respeto sacramental. “Esas cámaras lo ven todo, están en todas partes y uno a veces no sabe dónde, pero están. Muchos dicen que hay un edifico en Centro Habana donde hay grandes pantallas y nos pueden ver de cerca, saber qué hacemos, dónde estamos, con tal de que no se hable de más, creo que nada pasa”, apunta tajante como quien no quiere hablar más sobre la cuestión.



En la película 1984 de George Orwell –que ni Orlando, su esposa o cualquier mortal en Cuba podrán ver por la televisión cubana-- presentaba a una supuesta sociedad policial, donde el estado ha conseguido el control total sobre su población. No existe siquiera un resquicio para la intimidad personal: el sexo es un crimen, las emociones están prohibidas y la adulación al “Gran Hermano” es la condición para vivir y sobrevivir.

Esa Policía del Pensamiento, como en 1984, aquí viste de pantalón negro y camisa gris, aunque puede ser cualquier persona fiel al partido. La imagen del Gran Hermano está en todos lados. La sede del Ministerio de la Verdad quizá exista, y quede en el Vedado. Las veces del Ministerio del Amor aquí las hace el Ministerio del Interior.
Ese estado del miedo es lo que ha hecho durante años que Orlando perdiera la confianza en muchos de sus amigos. A Ginle, otro cubano que “sabe de las cámaras”, lo detuvieron una mañana sin razón alguna, simplemente porque sí. A su esposa Lucila, su hijastra de 23 años la arrestaron por cinco horas durante un viernes sin argumentos claros. Así, con o sin cámaras, la incertidumbre se ha ido apoderando de una sociedad que no se atreve más allá de ser servir, a reclamar, criticar o excusarse.


un hombre acomoda su moto en la entrada de su casa (FLB)

Según el psiquiatra español Enrique González Duro, autor del libro “la biografía del miedo”, ese sentimiento de miedo se contagia “muy fácilmente y puede afectar a amplias poblaciones, que se vuelven susceptibles de ser dominadas, subyugadas. Aunque también, como contrapartida, apuntaba el escritor, el miedo colectivizado puede ser fuente de una solidaridad social que supere el miedo individual y genere la fuerza necesaria para oponerse a los ‘fabricantes de miedo’.

Entonces, el poder, que siempre es más vulnerable de lo que parece, advertía el psiquiatra, puede amedrentarse a su vez y recurrir al uso de todas sus fuerzas para aniquilar a quienes se lo oponen, y es lo que ocurre en esta isla de 10 mil kilómetros, donde el monopolio de la fuerza lo tienen unos y la fábrica del miedo la dirigen muchos.

El año pasado más de 4.200 personas fueron arrestadas por algún motivo en Cuba según la disidencia, detenciones de corto tiempo, aunque muchas de las víctimas desconocían el motivo. “A mi vecino de 21 años se lo llevaron por cinco horas me dijo. Le pidieron el documento, todo está bien y como todo andaba en orden, entonces se lo llevaron. Así es todo aquí”.

Con ron en mano Orlando se atreve a más: “aquí se puede estar tranquilo si no te quejas, si no piensas en algo distinto a lo que hay porque recuerda: ‘esto es el ideal’, lo contrario es lo negativo… pero como nunca se sabe quién es quién aquí, nos criaron en desconfianza, el ‘chivatón puede ser tu propio hermano y hasta tu mujer, da miedo la cosa”.

Orlando dispara una carcajada seca y va abrazar a su esposa, la toma de la cintura, el embiste la pelvis contra sus nalgas y le susurra al oído, lo que ella responde con una risa cómplice de colegiala. Él ve a lo alto de las cámaras, jala otro trago de ron y dice alzando la voz, como si ya estuviera desquiciado: “yo sé que me estás viendo ¿y?”.
Una de las pocas imágenes que quedan de Fide en las calles de Cuba (FLB)

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