Una tarde en la clase de ballet


Una niña escucha las instrucciones de la profesora de ballet (Foto/FLB)

La presente crónica fue escrita en La Habana, Cuba.

Las cuatro paredes del salón de clases son altas, y el techo está matizado de azul celeste. Esa geografía le da una dimensionalidad que produce un eco expansible que rebota y se pierde. El piso es de granito pecoso curtido por manchas.

Desde dos ventanales que tiene el lugar penetra una luz natural que se explaya como el sol. Lo hace sobre las sabanas, formando dos ríos de sombras rectas. Hay varios retratos de bailarines célebres, que si se les ve desde dos espejos que están adosados a la pared, parecen atisbar la zona.

Una tarima de madera negra está en el centro del aula, y desde allí, la maestra de pie y erguida con elegancia solemne, impone su autoridad con palabras o a través de gritos, golpeando las viejas tablas con una vara de bambú, como el juez que llama al orden.

Dos veces por semana en el colegio Rubén Martínez Villena de La Habana, grupos de niños entran en ese salón a bailar no cualquier tipo de música en un país caribeño donde los cuerpos se mueven solos como las serpientes al ritmo de la flauta. Son niños que admiran el ballet, que consagran la pureza de su inocencia a las melodías de Bach, Mendelson, Chopin, al adagio de Albinoni o piezas de Strauss, perdiéndose en el espacio de esas cuatro paredes gravitando entre rigidez y puerilidad.


Uno de los espejos que decora el salón de clase (Foto/FLB)
Un solo varón acompaña la corte de veinte niñas, quizá la mayor alcanza los 10 años de edad y aún juegue con muñecas. La maestra llama al orden para iniciar la clase. Ella es esbelta, de piernas rectas y empeine pronunciado. Viste una maya negra y sus ademanes dejan ver la sutileza propia con la que las bailarinas se distinguen. En realidad, constituía una de las más meticulosas y elegantes encarnaciones del orden corporal que jamás se pudiera presenciar.

Dos niñas cambian sus zapatos por las zapatillas (Foto/FLB)
Las niñas saltan, hablan, se observan y burlan entre sí. Se agitan, se golpean, se ríen. Una está callada, la otra conversa. Una luce triste, la otra inquieta. Más allá, una irradia un reconcomio de alacranes. Y así, por un instante, desde el salón respiraba un aire de inocencia caótica que de la nada se esfuma. La maestra enciende el reproductor y una pieza de Chopin desata un silencio sepulcral. Un silencio largo y tenso como un insomnio, solo alterado por la melodía de las zapatillas rosando la vieja tarima de madera.

Las niñas van hacia el salón de clase para practicar ballet (foto/FLB)
Por un instante, una brisa fugaz dejó entrar un destello robusto de luz que terminó por fragmentarse en millones de macropartículas de polvo que iban cayendo sobre la tarima. Cinco niñas van y vienen, se inclinan, puntean sus pies flotando sobre el tablado y se reverencian entre sí. Danzan bajo la melodía de Chopin en el que cuatro minutos de Opus 48 en C menor desgravita las miradas de todos creando un ambiente de misticismo clásico en una jungla de concreto caribeño.


Fachada de uno de los pasillos de la escuela (Foto/FLB)
Desde hace más de sesenta años el ballet clásico es un tesoro invaluable para Cuba inmortalizado y arraigado por la esencia de la bailarina nacional, Alicia Alonso, que desde 1948 ha transformado la música, las partituras y sonetos, en piezas magistrales de la corporalidad para el deleite de los cubanos y el mundo. Con Alonso nació el Ballet Nacional de Cuba, el Festival Internacional de Ballet de La Habana y cuánto honor a la danza pudiera transmitir a cualquier mortal la espiritualidad de El lago de los cisnes, Coppélia, Giselle o una pieza de Bach, Mendelson y Chopin.


Las niñas a la salida de la escuela (Foto/FLB)
En la escuela la clase no termina. Una niña alza su brazo y lo lleva al cielo con majestuosidad. Otra se rinde al suelo y explaya su cuerpo construyendo figuras invisibles, pero armónicas. Chopin vibra allí. Se suman a la cruzada tres pequeñas que pierden la rigidez de sus músculos para dejarse llevar por la melodía de las teclas del piano. Un rictus de pasión irradia de sus cándidos rostros. Sienten en cada tonada el pasaje de las partituras. Danzan con fervor y los trazos de sus zapatillas dejan huellas invisibles que solo ellas pueden seguir.

Los niños observan a sus compañeros danzando (Foto/FLB)
Sus cabellos están bien hilados, los moños adosados con perfección en todo el centro del cráneo. Las pollinas, amoldadas con estilo, están rectas y brillantes.


Una de las niña practica con una pieza de Chopin de fondo (Foto/FLB)
En un par de años, si acaso una década, alguna de estas niñas entrará en el exclusivo círculo de la danza clásica cubana. Será parte del Ballet Nacional y podrá viajar dentro y fuera de la isla. Vestir sutiles piezas de seda italiana con faralaos rosa o carmesí para, si es el caso, resucitar en la ópera de Aida y Don Giovanni, El Murciélago, La Flauta Mágica o una de Mozart, Weber y Rossini. Para la que no, aquellas tardes pasarán llanamente a un "algo más" de los recuerdos de la infancia que todo lo permiten. Bach, el piano o Chaikovski serán una melodía grata que lleve a vuelos fugaces de días alegres, porque el ballet será por siempre lo más parecido a volar en la Tierra.


Una de las niñas que practica bellet, a la salida de su casa en La Habana (Foto/FLB)

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