Carlos Fuentes sí era un personaje

Carlos Fuentes autografía uno de sus libros (AFP)
 Las partidas, las que son para siempre, terminan agitando los recuerdos en un torbellino de olores a martirios, palabras, frases desvaídas, pero al final, son eso, recuerdos, y Carlos Fuentes, ahora desde un más allá que tan bien supo imaginar y describir, me trae uno grato y admirable. Fue hace unos seis años, pero como el ayer siempre parece hoy, algo tengo en mente.

Tuve la oportunidad de conocerlo –si es que puede decirse que alguien lo conoció del todo--, durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara en 2006. En diciembre de ese año recibí un premio en metálico y decidí que la mejor inversión era asistir a esa cita. Pedí un permiso de una semana a la revista donde estaba trabajando, Pax, y con la venia de ellos partí hacia México bajo la condición de publicar las entrevistas en sus páginas.

Como todo novato recién graduado de periodismo, sediento de noticia, le escribí a la asistente del “Maestro”, como se hablaba de Fuentes, con la intensión de solicitarle una entrevista. La figura de este mexicano, consagrada a la inmortalidad de las letras, le daba un tono reverencial, y en pleno año de elecciones en Venezuela su visión sobre el país sería acogida con apremio. La secretaria, en un tono de voz servicial, quizá con el mismo discurso repetido hasta la saciedad, me dijo que la cita era “imposible de agendar”, que el maestro no concedería ninguna entrevista en la FIL, y como lanzándome a los tiburones me espetó: “le hare saber de sus intenciones, pero cójalo en la Feria, si no puede allí, no podrá en otro lado”.

La FIL de 2006 en Guadalajara honró al escritor mexicano, Carlos Monsiváis, quien para esa cita reunió a sus grandes amigos de las letras para recibir junto a ellos el galardón. Fuentes era uno de esos “amigos” de Monsiváis que durante los días de aquel evento estuvo impregnando de sabiduría cada plaza del recinto ferial con sus críticas, comentarios e ironías de fino gusto.

La idea de la imposible entrevista me seguía perturbando a medida que transcurrían los minutos, las horas y los días en Guadalajara. En el suelo, en las paredes, en las papeleras, en todas partes, había una imagen de Fuentes esparcida. Arrugada, doblada, yerta, como fuera, el maestro estaba allí, y entre pasillos se escuchaba a la multitud referirse a él con reverencia.

Y es que Fuentes se las trae. Con su obra y rigor político definió medio siglo de historia de las letras latinoamericanas. Su viva esencia en las letras lo convirtió en un cronista de México y de la región, y en La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y, sobre todo, Aura, por referir algunas de sus obras, están los reflejos de esta verdad. Ganó respeto a través de la palabra –que usaba con adecuación—en un país como el suyo, donde las tradicionales, el nacionalismo, las injusticias y la corrupción, bailaban bajo el ritmo del poder. Denunciaba con su prosa y voz sin tapujos, y eso era lo que al común de los mexicanos les fascinaba, el amor febril por su patria.

Una tarde le imploré a la jefa de prensa de la FIL que mediara ante el equipo del escritor para concertar una entrevista. En un blog de notas Caribe, arrugado y lista para la ocasión, le mostré las preguntas que traía preparadas desde Caracas, y que si lo deseaba, me conformaba con hablar cinco minutos. Más si era posible, pero hablar era la misión. Con su lánguido acento mexicano arrastrando las S, respondió que como yo habían otros cincuenta periodistas de todo el mundo que habían dicho exactamente lo mismo y las instrucciones eran claras: “no habrá entrevistas”.

Fuentes firma uno de sus célebres libros, "La Muerte de Artemio Cruz" (AFP)
Esa semana en la feria, con el sigilo de detective o el perfil de los neuróticos, seguí cada paso de su agenda copada hasta la saciedad del más mínimo encuentro protocolario. Sus amigos y colegas, unos más prominentes que otros, querían compartir con él en medio de los escasos ratos libres que el honor permite darse. Me acerqué a todas las conferencias. Todas las escuché, y era sorprendente sentir como cada vez que entraba o salía de una de esas citas se escuchaba un zumbido de turba detrás de Fuentes.

En una de esas conferencias magistrales, el tema central era el legado del Quijote en una de esas tantas conexiones que se hacen sobre la obra de Miguel de Cervantes. No recuerdo con exactitud el tema, pero sí a Fuentes y su capacidad de atajar las cosas, reinventarse, de adaptar cada discurso, rememorar sus obras para contextualizarla con la realidad no solo de su México, sino de América Latina, porque si algo tenía ese hombre era preocupación por la región, por los que más o menos tienen. Al final esas dichas, tristezas, realidades y mitos universalmente latinoamericanas, inspiraron sus obras.

Mientras las horas se perdían en el “sin nada”, sacudía cielo y tierra: hablaba con los vivos y les rogaba a los muertos para que intercedieran ante Fuentes para despojarle algunos minutos de su espacio consumido por los compromisos. Me enteré que un viernes, un día antes de finalizar la FIL, estaría firmando libros y hablando de su nueva obra “Todas las familias felices”.

La noche previa a esa conferencia ensayé de punta a punta cada una de las preguntas que anoté en Caracas y que a diario pulía tras las ponencias que escuchaba en la feria. Me veía al espejo gesticulando cual entrevistador inquiere sobre la inmortalidad a su entrevistado. Un nerviosismo de novato lanzado a la gallera me consumía, porque ciertamente tenía todo pero no tenía nada. Ni estaba seguro de que Fuentes vería mi grisáceo grabador, ni imaginé que eso pasaría.

El día de la conferencia el salón estaba atestado de estudiantes, periodistas, escritores y quién sabe qué otro ser de la especie humana. La moderadora nos aclaró a los presentes que tras la ponencia, Fuentes procedería a firmar libros por un breve tiempo –no dijo por cuántos minutos ni cuántas obras-- y que tendría que ausentarse con prontitud para cumplir su agenda.

Y allí estaba él. Con una de esas finas camisas blancas que siempre lucía haciendo juego con un paltó de cuadros. Su melena ceniza peinada hacia atrás le daba un toque de elegancia como la de los caballeros que describía en sus obras del México revolucionario. El maestro aprovechó la jungla de asistentes para hablarles de su último texto, “Todas las familias felices”. Haciendo analogías sobre la esencia de la familia mexicana, explicaba que en ella estaba reflejado “los peores hijos amorfos del país”, que eran la corrupción y el personalismo, dos de los ramales conflictivos del México contemporáneo y, por extensión, de América Latina y del mundo. Aquella sincera revelación avivó una marea de vítores y aplausos con los que Fuentes parecía sentirse satisfecho y llenarse de vida.

Tras la ponencia, Fuentes se despidió en seco de los presentes y anunció enseguida que firmaría algunos libros. En ese instante una jauría de reporteros lo rodeamos y comenzamos entre sí a esquivarnos para llegar con la primera pregunta, aquella podía representar la única o la primera de muchas. Me había grabado con detenimiento cada una de las cuestiones que llevaba atragantadas desde Caracas. Corrí con la suerte de ser el primero en abrir aquella ronda de prensa. Algunas preguntas se referían a Venezuela, otras de la realidad mexicana, la pobreza, la guerra de Irak, Estados Unidos, la droga, los narcos, la familia, el amor y las pasiones. Fueron seis largas e intensas dudas que Fuentes aclaraba sin gestos de antipatía, con una sobriedad clásica digna de su espíritu, y sobre todo, con poder para convencer de que lo que decía era tan cierto como que el sol irradia fuego y las estrellas brillan de noche.

-¿Cuál de los tantos problemas que tiene México le perturban más?

- El principal problema para mi país y para América Latina es la violencia, la falta de sanidad y el narcotráfico, que se han instalado no solo en México, donde el gobierno ya no existe porque ha perdido la autoridad. Por ello, restaurar la legalidad y la presencia de esa autoridad justificada y democrática en esta región será en México, por ejemplo, la primera responsabilidad de Felipe Calderón como presidente” (en diciembre de 2006, Calderón sucedía a Vicente Fox en la Presidencia).

-Al propósito de las mujeres… ¿Qué les dice a muchas de ellas que son víctimas de la violencia?

-Que todos deberíamos ser mujeres, entender el oprobio que significa discriminar a la mujer y no darle oportunidades. Eso es lo que deberíamos reflexionar muy seriamente, y en especial en los países de América Latina, donde el machismo arrasa.

Con esa última respuesta Fuentes liberó mi karma. Para agradecer aquellos minutos de un tiempo valioso, apenas me apresté a decirle entre el asombro: “Muchas gracias maestro”, a lo que él respondió asintiendo con la cabeza. No quiso hablar más. Despidió los micrófonos y grabadores con una frase irrebatible: “tengo que cumplir con mis lectores”. En una mesa dispuesta en el centro del salón, se sentó a firmar los libros de una enorme fila de súbditos lectores de todas las edades.

Una de las cosas que anhelaba de aquel encuentro era llevarme autografiado el último libro que Fuentes estaba presentando, “Todas las familias felices”. Al llegar mi turno para la firma, el maestro me reconoció, y mientras estampaba una dedicatoria con su nombre en la portada me dijo: “Le agradezco sus preguntas, usted estaba como impaciente… Hagamos una cosa, luego de esto le atenderé cinco minutos, pero no más, tengo un compromiso”.

Aquella expresión sincera de Fuentes me cayó por sorpresa e hizo temblar de nervios. Tenía que cribar entre un grueso de preguntas clave para, en cinco minutos, exprimir al máximo la opinión de este célebre escritor. El maestro cumplió su palabra. De pie, alejado de una multitud que se iba dispersando en el salón, encendí el grabador de caset y el maestro respondió un par de preguntas.

Una de ellas era sobre el oficio del ser crítico en estos tiempos, más aun cuando se es escritor. “Nadie puede decir de forma sensata que es crítico, que intenta serlo sí, pero hay muchos factores en contra que van y vienen. Ser crítico es algo que la realidad establece, no que el periodista determina. Además, que tiene que ver mucho con la posición social que se adopte; a fin de cuentas, con la postura política”.

Fueron cinco minutos exactos en los que no hubo más palabras de mi parte que un redundante “muchas gracias de nuevo, maestro”. Y de su parte el mismo ritual: asentir con la cabeza y marcharse.

Como tantos hijos prodigios de México, Carlos Fuentes fue ajeno a la autopontificación y por eso su país tiene una deuda personal: mantener viva su ubicuidad. Cuando este martes 15 de mayo el mundo se enteró de su muerte a los 83 años, un temblor de incredulidad sacudió la mente de muchos. Imaginar que el “más allá” también toca a los inmortales de las letras es un asunto al que cuesta acostumbrarse. Hoy no queda más que trabajar en el sentido que le dio Fuentes a la palabra en cada una de sus obras y confesiones. Su prosa más que nunca desde hoy será fuente de inspiración.

Carlos Fuentes falleció a la edad de 83 años (AFP)

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