Cuando Caracas no daba miedo




La generación de venezolanos nacidos en los ochenta del siglo pasado terminó de vivir hasta hace una década los últimos diez años más seguros de la democracia del país.

Hace una década, digamos el año 2000, mis amigos llamaban al timbre de la casa para invitarme a jugar al frente del edificio. Era lo más cotidiano. La mayoría de los vecinos de la cuadra bajábamos, y entre una partida de futbol, quizá de béisbol, algunas cervezas, ron, un par de bicicletas andando y una que otra pareja haciendo gala del supuesto amor, la noche transcurría serena y tranquila, más allá del cuidado a los carros bólidos y cualquier persona “sospechosa”. De resto, un viernes a las 10 de la noche –abajo-- aún era temprano y normal.

Esto no es un álbum de recuerdos perdidos traídos ahora a la memoria. Es la radiografía de muchas calles y avenidas de urbanizaciones, barrios o cuadras de Venezuela que añoran esos días, en los que bajar o sentarse frente a la casa no significaba exponerse a la muerte directamente con la única gracia de poder ser el titular de Sucesos del periódico del día siguiente.

En 1998, el año en que Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones presidenciales, se cometieron en Venezuela 4.550 homicidios. En 2008, fueron 13.200, como sostiene el Observatorio Venezolano de la Violencia. Esa cifra dice algo.

La generación de venezolanos nacidos en los ochenta del siglo pasado terminó de vivir hasta hace una década los últimos diez años más seguros de la democracia del país. Esos jóvenes, que 1999 podrían tener hasta 20 años de edad, se hicieron entre la calle y el hogar. Del colegio a la casa y de la casa quizá a socializar en la calle, en la esquina, esa realidad es hoy totalmente distinta.

El muchacho de ahora se está forjando entre la casa o las casas de sus amigos, en el colegio y frente a la computadora, y lo más desgarrador, en los pasillos de los centros comerciales que proliferan en demasía en Venezuela, convertidos ágoras y centros de recreación obligatorios donde consumir es el pago a merced del resguardo.

Si bien Internet comenzó a suplantar a las plazas públicas, los parques de diversiones, las calles de urbanizaciones atestadas de jóvenes en sus patinetas, patines y bicicletas, como una forma de recreación, esa ausencia considerable en las calles evidencia también el profundo miedo que los venezolanos sienten hacia ella. Un autoacuartelamiento para evitar la muerte o la violencia, nos está convirtiendo en seres más huraños, desprovistos del contacto físico popular, desconfiados, peor aún, inseguros. Y la inseguridad hace seres débiles.

Llegado el 2010, la generación de los 80 entró a vivir la “peligrosa” década de los 30 años, porque si la de los 20 “era difícil”, la que le sigue es peor en la medida que se tienen que ir consumando los retos y viendo los frutos de la verdadera crianza. De esta manera, los venezolanos de esa época pueden decir entonces, con juicio y valor, que viven realmente en un estado de miedo, de inseguridad, que la calidad de vida se ha perdido –casi- por completo, y que si hace nada (diez años) estar frente al edificio o la casa esperando a alguien dentro del carro era algo común, hoy simplemente es el mayor riesgo del mundo, la ruleta rusa de la suerte.
Una protesta contra la contaminación ambiental en La Carlota (Oswer Diaz Mireles/El Universal)

Ahora la generación de los nacidos en los años noventa, que está entrando a la gustosa década de sus veinte años, de fiestas, noviazgos y la rica experiencia, será “la generación de los en casa”, la que tendrá que aprender a convivir y a compartir –en secreto- el lugar común para estar seguro. La que tendrá que compaginar las redes sociales y el teléfono inteligente con las ansias de caminar tranquilamente a las diez o doce de la noche por su barrio o urbanización sin miedo.

 No obstante, lo bueno es que esa generación es la que hoy está viendo a la Vinotinto triunfar, y así como exige un gol en un partido también está demandando –algunos silenciosamente- sentir o volver a esas viejas reuniones de calle, y si todos se comprometen a ese objetivo puede alcanzarse porque la inseguridad y la violencia se ve que no distingue sobre nadie en Venezuela.

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