Chávez y las FARC, otra vez

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos (Foto/presidencia)

A casi un mes de las elecciones presidenciales en Venezuela, se conoce que el presidente Hugo Chávez será “acompañante” en la ronda exploratoria de contactos entre las Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Gobierno del presidente colombiano, Juan Manuel Santos. Oportuna la noticia, el punto es hasta dónde puede beneficiarse el chavismo con esta iniciativa a semanas de unos comicios cruciales para su existencia. 

Se entiende ahora porque el presidente Santos insistía con ahínco en la “amistad” y la necesidad de mantener a Chávez en el poder para “la estabilidad de Venezuela”. Sus palabras, que generaron repelús en la opinión pública de sendos países, las vinculaban al estrecho contacto comercial entre las dos naciones, pero hoy, el mandatario colombiano necesita más que nunca la mano de Chávez para su beneficio político (llámese la paz de Colombia) para influir en las FARC. 

Santos demuestra que Chávez fue, es y seguirá siendo un aliado de las FARC dentro y fuera de Colombia. Que recurra a Cuba no es extraño porque el gobierno de Fidel Castro siempre quiso ganar la estrella de oro de la pacificación del vecino país. Fracasado el endose de esa misión a Chávez por parte de Fidel en los años pasados, los gobernantes de Caracas y La Habana quedan hoy, al menos, figurando como actores de un eventual proceso de paz de Colombia.



Se sabe que el cuarteto de mediadores que asisten a las conversaciones (Cuba y Noruega como garantes y Chile y Venezuela como acompañantes) campeará para que una agenda coherente se cumpla al pie de la letra. Santos desde que tomó poder en 2010 arrebató a la guerrilla parte de su discurso político y social, por  lo que se sienta en una mesa con las cartas a su favor: la restitución de tierra en marcha; el equilibrio de las fuerzas políticas prácticamente a su favor; las víctimas del conflicto recibiendo indemnizaciones; un marco jurídico fiable para hablar de paz, y quizá algo diferente a los proceso de diálogo pasados, las guerrillas diezmadas.

A diferencia de otros momentos, como cuando Chávez recibió la bienvenida y escupitajo de Uribe en 2008 en pro de la mediación para liberar los rehenes, con lo que el mandatario venezolano quiso ganar el máximo de capital político, su imagen es hoy vista con recelo en Colombia, pero en la opinión pública venezolana nada cambia, pues mientras busca caminos para la paz de otros países en Venezuela las calles están manchadas de sangre por la creciente violencia e inseguridad.

Chávez no tiene tiempo por ahora para dedicarse a la paz de Colombia, por lo menos no en los próximos 40 días, puede que aprovechó su estancia en Cuba durante su enfermedad para podar la hierva mala y sembrar las raíces, pero dedicarse a ese cultivo en este momento sería letal.

Son tantos los temas de la agenda local (la corrupción, la falta de mantenimiento de infraestructura pública, los escándalos por narcotráfico, el fortalecimiento de Henrique Capriles y los mitos sobre la salud del presidente) que el “acompañamiento” de Chávez hacia Colombia puede reforzar a sus bastiones internos ya ganados, pero no dar un giro rotundo en el voto, primero, porque apenas se conocen detalles del proceso. Segundo, porque ese “acompañamiento”, como una ayuda a distancia, lo que le dice a Chávez es que   “necesito prudencia, luego si quieres báñate de gloria”. Que Chile y los noruegos también estén de por medio lo demuestra: un equilibrio de fuerzas, tendencias e ideologías.

El expresidente cubano, Fidel Castro (izq) junto a Chávez

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