Un escenario del 7 de octubre en Venezuela

Boleta electoral de las elecciones presidenciales 2012 (AP)
No es exagerado trazar que estas serán las elecciones más polémicas de Venezuela tras la llegada de la democracia. En primer lugar, es un plebiscito a la gestión del presidente Hugo Chávez. Su derrota o triunfo terminará de marcar la transformación política que vive el país de cara a convertirlo en una República Socialista de corte marxista consolidando una autocracia electa cada seis años.

Los meses de campaña electoral fueron intensos, marcados por revelaciones, insultos por un lado, traiciones por otro, pero el 7 de octubre ya llegó, y los escenarios lucen claros para algunos. Henrique Capriles es la opción “moderada” por decir también “moderna” del cambio frente al modelo anacrónico y sectario de Chávez que no ha prometido otra cosa que profundizar su proyecto de corte autocrático.
De ganar Chávez este domingo, el margen que obtenga será vital para vaticinar su futura gobernabilidad. El presidente-candidato no puede darse el lujo de una victoria con resultados pírricos. Un Chávez que gane 6.7 millones de votos frente a un 6.3 o incluso 6, es un Chávez débil que sabe que en los próximos seis años de Gobierno, cuidado sino el primer año, serán demasiado intensos y polarizados.

De inmediato un país que se reconoce aún más dividido se enfrentará a su “líder” y comenzará a ejercer presión para reivindicar cambios, a lo que el chavismo, como ha demostrado, responderá radicalizando sus medidas de control en la economía, la prensa, aupando la censura y autocensura, creando leyes que cercenen las libertades políticas, por decir algo. Pero hay un escenario en contra.

Chávez deja en 2012 un país tripotecado. La excesiva deuda interna y externa, los pasivos laborales, las deudas con los trabajadores públicos e inversiones paradas por incompetencia y corrupción hacen mucho peso en el Gobierno, sin contar los excesivos vicios del narcotráfico y las mafias que ya tienen vida propia sobre la sociedad venezolana.

Esa aparente permisividad sobre los “malos vicios” sumado al descontento nacional, también en un amplio sector de las Fuerzas Armadas, hará del chavismo 2013-2019 un período oscuro y hasta inimaginable: el Gobierno tendría que radicalizarse aún más con la práctica venia de América Latina, que demostró ser complaciente con los gobiernos vecinos, cultivando un ambiente muy tenso que estallaría, al menos, en los próximos dos años.

Y un detalle. La derrota de Chávez significará un cataclismo para quienes copian y se alimentan de su modelo. Tendrán dos vías, recular o moderar sus posiciones porque el chorro de petrodólares dejará de llegar. Eso es seguro. 

No creo con sinceridad que los sectores duros del chavismo cambien su posición, por un factor de resentimiento y discurso social seguirán allí, apegados al modelo por más mal que les haga. La cuestión es, dicen, sentirse representados. Todo o nada. Por esa razón, en su cierre de campaña Chávez hablaba del “27 de febrero presente; del 4 de febrero presente”, ignorando sin embargo el hoy, el día a día que tanto está golpeando al país. Ese hoy es la generación que va a votar, la que tendrá la última palabra. No la mencionó.

Otro escenario polémico es la salud del Jefe de Estado. Por más que insista en que su cáncer fue superado, el ritmo que tuvo la campaña de Chávez envió un mensaje contrario. Esta vez vimos a un militar hablando desde un camión, desde el Palacio de Miraflores o en una que otra concentración –sin caminar, vale la pena acotar-, con lo que su mejorado estado de salud quedó en entredicho. Si Chávez gana el poder de nuevo para dejarlo en herencia a otro, en quién sabe cuánto tiempo, el escenario es aún peor, porque como él mismo demostró, el chavismo sin Chávez no existe. Se acaba. 

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