Mis respetos profesor Antonio Cova

El profesor Antonio Cova Maduro
Antonio Cova, el amigo, el "profesor Antonio” o Antonio, como lo llamaba sin respeto y hasta en tono bonachón, se nos fue el 16 de mayo. Lo aprendí a conocer en 2007 cuando entré a escribir a las páginas de El Universal, y sin duda ha sido una de las mentes más lúcidas de la intelectualidad venezolana. Él lo sabía, pero era humilde.

“Cova” no hubo una vez, me atrevo a asegurarlo, que no pasara por la sección Internacional a saludar. Pongo las manos en el fuego. A veces creo que se le olvidaba mi nombre, pero él venía, conversaba aunque peleando con  la memoria a ver cómo coño me llamaba. Siempre llevaba sus libros acuesta de su pecho, como el doctor Chapatin cargaba su bolsita marron.  Su joroba disimulada le daba un aire de sapiencia que se disfrutaba al hablar. “¿Cómo está la cosa?” “¿Tu sabes que…?” y allí espetaba una retahíla de historias y datos fascinantes de política, cultura, historia, que pocos venezolanos conocen.

Compartíamos una fascinante obsesión por la historia de mundo musulmán y chino. Cuando coordiné la primera y única entrevista a Benazir Bhutto, que al final no se dio por la muerte de la exprimera ministra de Pakistán, por allá en 2007, el profesor Cova lamentó el asesinato de aquella dama como si la hubiera conocido. Íbamos a preparar las preguntas para una conversa histórica que, aunque no ocurrió, sé que él la imaginó tanto como yo.

Uno tiene amigos y amigas de todo tipo: los fiesteros, los borrachos, el mentiroso, el embarcador, Antonio era el amigo intelectual. Es la diferencia entre muchos otros amigos, porque en la profesión del periodismo, incluso, en la profesión de ser buen ciudadano, tener amigos de este talante es sumamente difícil. Se aprendía mucho de él, y lo interesante es que, al menos, aparentaba también aprender de las cosas que uno decía.

Una conversa clásica empezaba así: “¿Cómo está la vaina?” “¡Chico tu sabes que estos chinos del coño están en todos lados!” para completar aquella sarta de reniegos con clases magistrales de las etnias asiáticas, las crisis migratorias de los mongoles o la teoría sobre crecimiento poblacional de los pekineses.

A medida que pasan los días me doy cuenta que mi vida es como un libro en el que las horas son esas páginas que no puedo ver y entender qué dicen, aunque al final de la jornada logro descifrar el capítulo entero. Los amigos son parte de cada página.

Cuando comienzan a morirse los amigos nos podemos dar cuenta que nos hacemos mayores. En un santiamén recuerdo cómo en tono burlesco y hasta irónico les preguntaba a mis padres la razón por la que iban a cuanto velorio surgiera. La respuesta era monótona como la interrogante: “porque éramos amigos”.

Mi padre es un asiduo asistente de los velorios, creo que siente una obsesión patológica por los funerales porque quiere ser el primero en llegar y el último en apartarse del féretro. Le gusta ver al muerto tras el cristal. Detallar en qué cambió esa persona tras el funesto rictus de la muerte. A veces suelta una lágrima, se dedica a consolar y se va tranquilo, confiado de que cumplió con el más injusto de los derechos humanos, morir.

Nos hacemos mayores porque los amigos comienzan a morirse. Cada uno comienza a ser víctima de las miles de estadísticas y cuando somos pequeños no nos damos cuenta. Uno se fue por un accidente de carro, la tercera causa de muerte en el mundo. Otro de un cáncer, una de las primeras razones de mortandad en el planeta. El otro se lo llevó la inseguridad, el principal problema de los venezolanos. Sin querer, un par de amigos fallecieron por enfermedades coronarias, la primera causa de muerte en el país. Cuando volteamos ya son muchos los que se están yendo.

Me pregunto, de nuevo, ¿será que tengo muchos amigos mayores? No, no los tengo, sencillamente es la ley de la vida a la que cualquier mortal no logra acostumbrarse jamás. Es la “justicia divina” en la que ningún tribunal tiene jurisdicción para derogar ese dictamen. Por eso a los amigos hay que disfrutarlos, quererlos, verlos, reír, pelear, odiar, amar, abrazar, compartir, y mil cosas más. La vida es muy larga, el problema es que somos mortales. Ella continúa, nosotros no.

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