Los mensajes que deja Irán a Venezuela

El presidente de Irán Hasan Rohani (Reuters)
El acuerdo provisional entre Irán y las grandes potencias por el que la república islámica limitará su programa nuclear, sospecho de tener objetivos militares, tiene profundas reflexiones desde todos los puntos de vista. Primero, que es fruto de la presión diplomática (con lo que todo esto acarrea), y segundo, no menos vital, que demuestra un cambio en la política, a veces arrogante, que Estados Unidos está aplicando en el mundo.
Los estadounidenses no quieren más guerras. Irak y Afganistán son atolladeros del que realmente no han podido salir y las consecuencias las padecerán con más fuerza que otros conflictos. Entrar a otra lucha armada, y con Irán, podría traerles daños de dimensiones mucho más catastróficas, por lo que cortar sanamente buscando respaldo diplomático de otros “socios” o “aliados” –dos términos muy distintos en la diplomacia Norteamérica—era vital para contener a Teherán, al menos, por unos meses en lo que respecta a su plan nuclear.

Pero hay otro elemento que debe tomarse en cuenta. Venezuela, el mayor aliado de Irán en América Latina y defensor a ultranza de esta relación, no se ha pronunciado sobre el acuerdo. No ha habido una nota oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores o del Presidente de la República, al menos ante la opinión pública, sobre el acuerdo de Irán con las potencias y hay razones para recelar por esto.
Para una base del chavismo el acuerdo es un revés a su discurso agorero de una “invasión yanqui” y de tropas estadounidenses en las costas para hacerse del petróleo de Venezuela. Es otra razón para ayudar a rechazar la instalación de baterías antiaéreas sobre las montañas caraqueñas arriesgando a la población civil. Al interior surge la interrogante sobre cómo dos países que se consideran enemigos, con más de 30 años sin relaciones diplomáticas formales, se sentaron a negociar, y primero en secreto, para llegar a un entendimiento consensuado sobre elementos de interés común.
La historia entre Irán y Estados Unidos está empañada por desconfianza, miedos, amenazas. No significa que a partir de ahora los iraníes vestirán de Mickey Mouse y los estadounidenses alabarán a los ayatolás, pero es un primer paso hacia la distensión que ayudará a encontrar intereses comunes. Si dos países distantes que viven amenazándose de guerra dialogaron, ¿por qué no habría de hacerlo Caracas y Washington que están a cuatro horas de vuelo y comparte millones de intereses?
El Gobierno de Venezuela, emulando a Cuba, ha edificado su política a merced de excusarse en amenazas externas para justificar sus fracasos y distraer la agenda mediática. Ambos gobiernos necesitan un enemigo imaginario para justificar su accionar y darle sostenibilidad a marcos jurídicos construidos bajo esta amenaza no menos que exagerada.
El presidente venezolano Nicolás Maduro (PM)
Estados Unidos ya no necesita enviar misiles a Venezuela o invadir Cuba. El reforzamiento de la sociedad civil para que continúe trabajando en defensa de la democracia o los derechos civiles es una tarea igual de titánica como sembrar el país de espías y mercenarios. Fortaleciendo el papel de las ONG, de los políticos independientes, de los jóvenes, de los medios de comunicación, es como la democracia se fortalece o nace, en otros casos.
Hacia esa dirección apuesta cautamente Washington y otros países europeos bajo el umbral del acuerdo con Irán, para que la sociedad civil en esa nación se revitalice, reclame sus derechos a las autoridades y exija cambios en masa que les permita mejorar su calidad de vida.  
El crecimiento de China como segunda potencia económica mundial y su vinculación con Rusia, es  el reflejo del mundo multipolar en el que se vive. La interdependencia entre los países es cada vez más evidente, por lo que la defensa de los intereses globales en beneficio de la seguridad, debe llevarse de las manos y con madurez,  existan o no diferencias sobre otros aspectos.
Estados Unidos está consciente que su supremacía militar aún es inigualable. Falta un par de décadas para que esta nación entregue la bandera de potencia mundial, pero sus señales demuestran un cierto hastío por las guerras directas y sí una mayor entereza por resolver los conflictos por la vía diplomática. Eso al menos se vio con Irán recientemente, y con Siria hace poco.
El acuerdo con Irán permite ganar tiempo para trabajar en una solución a largo plazo, dependerá de Teherán que se cumpla lo convenido, porque en otras oportunidades la república islámica mintió y el origen de toda esta disputa es porque ocultaron hasta donde más no pudieron las reales intenciones de su programa nuclear.
A muchos actores globales no les interesa o conviene el pacto entre las potencias, dígase EEUU e Irán, porque va en contra de sus  intereses y discurso. Por un lado, actores de línea dura en Israel se sienten incómodos porque quedan atados de mano de cualquier acción mientras se llega a un acuerdo final. Las monarquías del Golfo, encerradas en sus disputas étnicas con los iraníes temen que la república islámica se envalentone, avance en otros aspectos de política exterior, arrebate mercado exportar de petróleo, y al final de la estocada final. 
Barack Obama antes de inicia una rueda de prensa (WH)

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