Una vista de Israel desde el Medio Oriente

Vista aérea del Antiguo Templo (FLB)
Jerusalén.- El pensamiento de un país se mide por los libros que más vende, que son, al mismo tiempo, los que más se leen. Ocurre en las sociedades más avanzadas, menos desarrolladas e incluso las más pobres. Un libro tiene un poder omnímodo sobre las masas, sino, que lo digan los cristianos con la Biblia, o en un tono más radical, los judíos al recordar Mein Kanf.
¿Por qué hablo de los libros? Apenas aterricé en el Aeropuerto David Ben Gurion, de Israel, me acerqué a una pequeña librería que trabaja las 24 horas, Steimatzky. Ya en ese detalle, hay algo inquietante ¡Una librería que trabaja las 24 horas, y en un Aeropuerto Internacional¡ No lo he visto en Alemania, Francia, España o Taiwán, por nombrar algunas metrópolis industrializadas.

Pedí al vendedor que me dijera cuál era el libro más popular en el momento. Me señaló una mesa cubierta de lomos de papeles incomprensibles y extraños para mí, sencillamente porque estaban en lengua hebrea. Lógico. ¡Estoy en Israel! No obstante, identifiqué por su carátula una obra del escritor israelí David Grossman (Falling Out of Time) “Más allá del tiempo”.

Grossman escribe para contar la tragedia del conflicto árabe israelí en sus propios términos; culpa directamente al Estado de Israel de todo el conflicto con los árabes, exige que debe pedirse perdón, ni más ni menos.

Al lado del libro de Grossman, haciendo la guerra a esa obra, habían otros textos pero con la misma temática. El conflicto de la región, Irán, una biografía de Ben Gurion; las “Cincuenta sombras de Grey”; unos libros de caricaturas infantiles bastantes graciosos, y en solitario, como quien clama auxilio desesperado, un  recetario de cocinas.

Un aviso de una calle en Jerusalén (FLB)
Son esos libros, sobre el conflicto árabe-israelí, sobre la política de Israel, sobre las visiones de Benjamín Netanyahu, sobre la historia del sionismo, de los judíos por el mundo, lo que obviamente copa una parte de la mentalidad de la sociedad israelí. Lo más interesante, entonces, es el debate sobre todo esto.

La narrativa no debe educar, sino hacer reflexionar, y esas son algunas de las cosas a las que todo lector se enfrente a las frases de un libro y a la vida real cuando busca contrastar.  

¿Qué se percibe entonces en la calle de Israel? Una sociedad dividida, no digamos que profundamente como en 1995 y los días de Oslo, pero sí, entre ambos lados, israelíes y árabes-israelíes, una sociedad celosa, recelosa, temerosa, un tanto excluyente, y, a veces racista. No lo digo yo, lo reconocen ellos, los judíos israelíes y lo árabes israelíes y palestinos.

El lenguaje de las cosas pequeñas
En mi visita a ese minúsculo país de 22 mil kilómetros (diez veces más pequeño que el Estado Bolívar) tuve la oportunidad de tomar el pulso a la política de Israel, el Medio Oriente, ver cómo estaba la situación dentro y fuera de sus maltrechas fronteras, y las impresiones son demasiado interesantes. ¿Saben por qué? Porque Israel es un país muy complejo, muy observado, querido pero muy odiado, y hacerle frente a dos posiciones desequilibradas es muy difícil como nación y como ciudadano.

Dos palestinos pasan frente al Muro que los divide de Israel (FLB)

Los jóvenes ya no ven el conflicto con los palestinos como algo sumamente grave. ¿Por qué? Porque esa generación es la del muro de contención que se creó para atacar la raíz de los atentados cobardes contra gente inocente en estaciones de trenes,  autobuses, el Metro o las discotecas.

La mentalidad de esa nueva juventud, de los adolescentes discotequeros, o de los llamados “adultos contemporáneos con hijos colegiales” debe entenderse como la de quienes hoy se sienten protegidos y defiende el sentido de esa protección.

Tres judío rezan en el Muro de los Lamentos (FLB)

El dilema radica en que sienten y saben que el muro no puede dejar de existir por ahora ya que las pruebas muestran que de caer todo puede volver a pasar. Una encuesta publicada en octubre de 2012 revelaba que menos un 70% de los israelíes considera que la brecha entre judíos y árabes es una de las áreas de mayor fricción social en el país.  

Mientras israelíes y palestinos están negociando, una vez más, para hallar solución a un conflicto de un siglo, miles de judíos y árabes reconocen a ciegas el compromiso que tiene la sociedad para reencontrarse, lo cual impulsará a los políticos a dar el paso final para lograr la anhelada paz.

 “Yo me defino como árabe palestino ciudadano del Estado de Israel y bajo ese compromiso creo que es necesario que haya una reconciliación entre judíos y musulmanes de este país", dice Muhammad Darausha, director del Fondo Abraham, que estudia el impacto de la minoría árabe en Israel.

Vista de la valla construida por Israel, del lado palestino hacia Belén (FLB)

Hoy en día los árabes tienen el 2,7% de la tierra del país, con lo que puede hablarse "de un desarrollo de tierra fracasado hacia una parte de la sociedad", una de las tantas realidades que alimenta las divisiones internas, contaba Darausha.

El problema de fondo, sostiene, es la exclusión social contra los propios árabes israelíes que impulsaron los gobiernos y por ende caló en la sociedad, y para acabar con esto las voluntades políticas son necesarias. “Aquí el problema es político básicamente”.

Cuando dos sociedades enfrentadas históricamente ven alimentadas sus diferencias por el fanatismo y radicalismo de ambos lados, el asunto no tiende a solventarse, al contrario, se acrecienta como la espuma en el mar.

Hace falta que cada “bando” –si quieren verse de ese modo--, encuentren objetivos comunes de prosperidad, el sueño “árabe-judío” donde converjan ambas posiciones con ideas de respeto mutuo.

Creo que existe la intención de judíos y árabes de dar ejemplos de tolerancia, pero el extremismo desmedido de ambos lados, en situaciones concretas, empaña toda buena intención. Se hacen cíclicos los ensayos de paz, dejando siempre una lección, hay que renunciar a ciertas cosas que parecen esenciales para supervivir. Al final la historia ha demostrada que esta premisa es falsa. 

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