La muerte de Nicolás


Vadim Ghirda/AP/File

El exceso de poder tiene la facultad de cegar al más ávido de los políticos, no importa su experiencia y el círculo sobre el que se rodee, al final, ellos actúan como papanatas.

Algo así le ocurrió al dictador de Rumania, Nicolai Ceausescu, en sus últimos días en el poder para 1989, cuyos paralelismos con la Venezuela de Nicolás Maduro asoman la manera en que 18 años de revolución chavista acabarán por la terca voluntad de aferrarse al poder.


 Presionado por las manifestaciones populares que durante un mes exigían un cambio de vida, traducido en una mejora de la economía, el fin de la escasez de alimentos, y libertades, el régimen estalinista de Ceausescu ordenó al ejército emular a los chinos, y el 17 de diciembre de 1989 autorizó disparar a los manifestantes sin medir las consecuencias.

Desde la convulsa Rumania de aquellos días, el periodista español Hermann Tertsch, describía como Nicolai y su esposa Elena gobernaron el país durante 24 años con mano de hierro, “con un culto a la personalidad de ambos insólito en Europa y una represión de monstruosas proporciones”.  

El dictador decoraba los palacios con cuadros de su imagen
Para el propio Tertsch “la magnitud de tal represión ha sido comprensible… cuando las, fuerzas de seguridad han causado entre 60.000 y 80.000 víctimas”.

Por esos días el mundo aún recordaba anonado lo ocurrido en la Plaza de Tiananmen, en Pekín, entre mayo y junio de 1989, cuando las fuerzas militares chinas reprimieron de forma sangrienta las manifestaciones estudiantiles que reivindicaban una apertura del régimen comunista conforme otro sector estaba asfixiado por las reformas económicas adelantadas por el presidente Deng Xiaoping.

A medida que Ceausescu, de 70 años, se sentía asfixiado por la presión popular en lo que serían sus últimos días poderoso, el 21 de diciembre convocó  una baño de masas con sus seguidores que, todo lo contrario, lo abuchearon criticándole la situación del país.

Ni las promesas de aumentar los sueldos, controlar la inflación, el viejo discurso fantasmagórico del “enemigo capitalista” apaciguó el hambre de cambios que los rumanos sentían conforme el campo socialista se desmoronaba en toda Europa.

El principal error del régimen fue negarse a las reformas económicas y sociales que desde hacía un tiempo en la Unión Soviética se venían dando. Ceausescu pensaba que su poder, omnímodo, se mantendría a medida que su propio círculo de poder le hizo creer que el pueblo rumano estaba con él.

La pareja presidencial venezolana 
El día de aquella concentración, Ceausescu pudo darse cuenta  de que su poder de infligir miedo sobre la gente se había acabado. La propia televisión rumana aquel 21 de diciembre, en víspera de la navidad, captó el asombro del dictadora al ver a un pueblo enardecido que pedía literalmente su cabeza.

Desde la ciudad de Timisoara, donde se dieron las grandes revueltas y el ejército disparó contra la población, el temeroso dictadora huyo junto a su esposa, Elena, y dos ayudantes, en un helicóptero militar a las afueras de la ciudad, pero fueron capturados, juzgados en un tribunal ex profeso y ejecutados por un pelotón el 24 de diciembre.

Acusados de corrupción y genocidio, el matrimonio Ceausescu no midió el costo de un país descontento y hastiado de su ruinosa condición de vida. Más que reprimir y orquestar un verdadero genocidio en pocas semanas, el vetusto dictador confiaba en que su poder era omnímodo, sobre todo, porque se creía amado eternamente, y su círculo íntimo lo hizo ver así.

El socialismo rumano, construido a expensas de represión, de la escasez de alimentos (Ceausescu prefirió autorizar la exportación de alimentos a expensas de la hambruna que se estaba generando, para favorecer a sus aliados externos) y una maquinaria propagandística única, se consumió así mismo por su enfermiza visión de que todo lo que hace es lo moralmente correcto.

Con todo, lo que ocurre en Venezuela es el peor desenlace del proceso “revolucionario” que comenzó hace casi dos décadas en América Latina con la llegada de Hugo Chávez al poder.


 Desde Caracas se alimentaron las arcas de muchos países que entraron en la órbita del “socialismo del siglo XXI” que Maduro ridículamente fue designado heredero. Lo tragicómico es que Venezuela resultó el país más arruinado y desangrado en todos los sentidos en 18 años de “construcción”, una muestra, como le ocurrió a Ceausescu, de que el poder no es eterno, y el comunismo bajo uniforme socialista conduce a la ruina.

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