Rodríguez Torres en la boca del lobo



Ilustración Lina Vila

La detención del exministro del Interior, y antiguo jefe de los servicios secretos venezolanos, Miguel Rodríguez Torres, retrata la agonía con la que respira el gobierno del presidente Nicolás Maduro, a medida que en los cuarteles aflora el descontento y las insurrecciones comienzan a verse sin capacidad de control.

Mayor General del Ejército, y hombre de confianza de Hugo Chávez Frías, Rodríguez Torres se apartó del oficialismo a medida que Maduro se hizo del traje autoritario, pero sería ingenuo pensar que desde el pasado el ahora “caído en desgracia” no era consiente de la deriva autoritaria del chavismo.

A lo que se asiste en este momento con el arresto del antiguo jefe de los espías, no es tanto a una lucha patriótica entre buenos y malos que persiguen el ideal de Chávez, sino a un quiebre cada vez más evidente al interior del chavismo por la forma como debe conducirse su revolución. En el pasado se crearon grupos y subgrupos que estaban al margen del líder, pero muerto el tirano, como en cualquier dictadura, todos quieren el poder, pero a su manera. 

Como jefe de la DISIP, organismo que por 40 años y hasta 2009 se encargó de las operaciones de inteligencia y contrainteligencia en Venezuela, Rodríguez Torres estuvo en el Santo Santorum del espionaje nacional durante todo el Gobierno de Chávez, quien le encargó reestructurar el organismo, ahora llamado Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), del que se convirtió en el máximo líder en 2010.

Quienes el martes 13 de marzo lo detuvieron son precisamente los mismos agentes que él formó durante sus años en los servicios de inteligencia. Como nadie, él conoce qué pasa al interior del régimen y hasta que grado cualquier factor puede desestabilizarlo. Por eso Maduro no dudó en acusarlo de estar detrás de la conjura orquestada por el expolicía Oscar Pérez, asesinado tras una operación armada en enero pasado.

Si por algo este exoficial no se ha dedicado a alardear de sus secretos en el monolítico mundo de los servicios secretos, a semejanza de lo que ha hecho la Fiscal General, Luisa Ortega Díaz, es porque romper ese código de honor entre sus aliados y enemigos podría perjudicarle y terminar de arrastrarlo al abismo.



En 2013, Maduro le pidió a Rodríguez Torres ocupar el cargo de ministro de Interior, Justicia y Paz, una conexión excepcional con el trabajo que realizaba en el SEBIN, convirtiéndolo en el hombre todopoderoso del lado oculto del poder en Venezuela. Con esto, si alguien es “artífice” de las operaciones de espionaje en todas sus ramificaciones es él, que ahora está del otro lado del calabozo.

Devenido en opositor al madurismo, por medio de una agrupación política con escaso impacto, el exagente no ha sabido ganar la confianza y simpatía de las fuerzas políticas disidentes al chavismo por su expresa vinculación a la represión durante estos últimos años. El aparato de control, con el apoyo de la inteligencia cubana, se erigió gracias a Rodríguez Torres, y no hay como él quien pueda conocer sus intríngulis.

En noviembre pasado (2017), un importante capo encarcelado en Estados Unidos, le acusó de brindar protección a un narcotraficante colombiano, Mario Moreno Lozano, en una prisión del SEBIN, con beneficios y privilegios a costa de dinero, acusación de la que nunca quiso hacer comentarios: ni desmentir o negar.

La “santa unción”de Maduro a Rodríguez Torres vino en 2014 tras el asesinato de líderes de un colectivo con mucho poder –los grupos paramilitares afines al gobierno--, un hecho de dudosa actuación que le costó el cargo al general y el reclamo desde Miraflores por la muerte de estos individuos.

De policía política a brazo de control y miedo, la metamorfosis de la DISIP a SEBIN para “garantizar la continuidad y conservación de la Revolución Bolivariana”, como se define, no demuestra más que el sentido del Gobierno es perpetuarse en el poder, y al interior del propio cuerpo de inteligencia hay adversos a ese fin.

Todo contra nada
Con el arresto de esta importante figura del viejo chavismo, Maduro deja al descubierto la división reinante dentro del propio cuerpo de inteligencia que le brinda protección e información clave, pues por sí solo Rodríguez Torres no es capaz de orquestar o asesorar conspiraciones militares, revueltas callejeras o sabotajes, como las que ha denunciado el régimen recientemente. Necesita de sus aliados espías y el régimen sabe que los tiene.

Con la reciente inclusión de algunos miembros del movimiento político formado por este general al “Frente Amplio por una Venezuela Libre”, la alianza con la que grupos opositores esperan redoblar la presión sobre Miraflores, Rodrigiuez Torres ha querido ganarse la confianza del universo que adversa a Maduro, pero este hecho también incomoda al régimen conforme percibe la alianza como una unión “progolpe de Estado”.

Cuando Josef Stalin pretendió consolidar –aún más-- su poder a partir de 1937, dio paso a la Gran Purga, mediante la cual cientos de miles de personas, incluyendo camaradas de su entera confianza, fueron perseguidos, encarcelados o ejecutados. El objetivo no era defender la Unión Soviética “de complots y sabotajes imaginarios… se trataba de una contrarrevolución preventiva que apuntaba a eliminar cualquier posibilidad de oposición”. Maduro ejecuta su propia purga al mejor estilo soviético.

El miércoles fue Miguel Rodríguez Torres, mañana puede ser un ministro, una secretaria o un sacerdote, porque en un país cada vez más destruido la única forma de preservar el poder es el monopolio del totalitarismo que apenas comienza a verse.

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