La guerra tiene voz de niña

Fotografía de Massoud Hossaini/AFP
El World Press Photo 2012 no pudo ser más acertado este año al recaer, entre sus diversas categorías, en la imagen tomada por del fotógrafo afgano, Massoud Hossaini, en la que inmortalizó la conmoción y dolor de una niña de pie alrededor de una pila de cadáveres tras un ataque terrorista en Kabul en 2011.

La instantánea mostraba el dolor en cuerpo presente: cadáveres esparcidos en medio del caos, mujeres mutiladas, y allí, en todo el centro, Tarana, la niña de 12 años, cubierta con su velo tan verde como las esmeraldas, con sus brazos yertos en señal de impotencia, rabia, soltando un grito de dolor que se siente y se oye a la distancia. Es la similitud más magistral al cuadro de Edvard Munch, “El grito”.


Hossaini, que es fotógrafo de la AFP, tiene 30 años de edad, y el día del ataque estaba a pocos metros de la procesión shií donde explotó la bomba, una fría mañana del 6 de diciembre de 2011. Su hoy consagrada imagen la observé el mismo día del atentado y supe en ese momento que sería una joya del arte gráfico para siempre.

Como tantos otros de su generación, Hossaini ha sido testigo del dolor y la guerra que golpea a Afganistán, y también, como muchos, fue protagonista ese día de una circunstancia que legitimó la sinrazón y el odio que aún reina en esa nación. Tras revelar al mundo sus imágenes de aquel hecho, la AFP ofreció una breve entrevista con su “fotógrafo estrella”, y en ésta el joven reportero se abría ante el mundo con una profunda humildad que ayuda a comprender lo cruel que es vivir o sentir que se vive “en la tierra equivocada”, como él se lamentaba.

“Estaba mirando mi cámara cuando súbitamente se produjo una gran explosión. Al principio no entendía nada, solamente sentí la onda de la explosión y un dolor en el cuerpo. Caí al suelo”, decía en la entrevista. Tras el ataque, Hossaini quedó en shock. No sabía qué hacer. Empezó a temblar. “Sé que estaba llorando. Extrañamente estaba llorando, nunca había reaccionado así antes”.


A este afgano se le despertó esa extraña patología que sufren los periodistas y fotógrafos en plena conmoción, la de querer ir al corazón del caos, al lugar donde se halla la sangre, los muertos. Mientras unos quieren huir de la tragedia, ellos quieren saber qué ocurrió, adentrarse en el horror. “No ayudé a nadie, porque no podía, estaba realmente en estado de shock”, recordaba. “Sabía que debía cubrir eso, grabar todo, todo el sufrimiento, la gente corriendo, llorando, gritando, golpeándose el pecho, gritando: ‘¡muerte a Al Qaida! ¡Muerte al talibán!’”.

En medio del tumulto este joven reportero, que nació en Afganistán pero se crió en Irán, explicaba que lo primero que vio al voltear a su derecha fue a aquella niña, que luego supo se llamaba Tarana. “Cuando ella vio lo que les había sucedido a su hermano, sus primos, tíos, madre, abuela, la gente a su alrededor, comenzó a gritar. Hizo muchas cosas, pero en mis fotos ella sólo aparece gritando. Esta reacción de shock era lo que yo más quería captar”.

Y  lo logró. La imagen de Tarana tiene vida propia. Lleva un grito permanente que se cuela más allá del papel o las pantallas de un computador. Es el curioso estado de inmortalidad del momento que logra la fotografía como un espejo de las realidades, incluso las ocultas.

Días después de lo ocurrido, Hossaini sufrió largas noches de desvelo. Cuando cerraba sus ojos volvía una y otras vez al lugar del ataque. Deambulaba entre sus recuerdos haciéndose preguntas sin encontrar respuestas claras, una especie de remordimiento le ensombrecía. Él estuvo justamente en el mismo sitio en el que el atacante suicida se había inmolado dejando una estela de cadáveres. “Cuando el humo se disipó vi que estaba en el centro de un círculo de cadáveres. Todos apilados, unos sobre otros”.

Desde los años veinte del siglo pasado, la astucia y valentía de muchos reporteros permitieron retratar el curso de la historia: los paralelismos de la Primera Guerra Mundial y la hecatombe de la Segunda, que sin duda quedaron grabadas en la memoria colectiva del mundo. Y en el siglo XXI, la fortaleza de Massoud Hossaini le ha hecho ganar un espacio propio en los recuerdos de una sociedad que asiste atónita a una guerra entre clanes, familias y enemigos que se juran la muerte aquí y en el más allá. Pero no solo en Afganistán sino en cualquier espacio de la Tierra.

“Siento con la gente, lloro con ellos. Siento dolor con ellos. Soy parte de ellos”, exteriorizaba en aquella entrevista. “Antes, era solamente un fotógrafo y ellos eran gente, eran mi tema. Ahora ellos son mi tema, pero también estoy con ellos y me siento parte de ellos. Lo que les duele, también me duele a mí”.

Sobre Tarana, cuyo nombre significa "melodía" en lengua persa, perdió a siete miembros de su familia durante aquella procesión atacada. Hoy, llena de vida y junto a su padre, contó que quiere convertirse en una maestra para ayudar a  miles de niños afganos que aún no han podido ir al colegio.

Tras lo ocurrido, la niña contaría que se puso su mejor vestido un verde brillante, porque es el color del Islam y aquella fiesta de la Ashura, la más sagrada del shiísmo, le llenaba de mucho regocijo.

Como cualquier guerra, la imagen premiada es un referente fidedigno de los miles de ataques que pululan en Afganistán por el largo conflicto sectario que padece tras la invasión de Estados Unidos. Esta vez una fotografía de lo “ilógico” sale a relucir por un trofeo al buen arte que busca, también, llamar a la reflexión. Como muchas otras estampas de las guerras, este joven afgano supo demostrar cómo el odio enquistado entre muchas personas alimenta la concepción de que la vida de unos no vale igual que la de otros. Su noble objetivo fue demostrar esa teoría y dolorosamente lo logró.

Massoud Hossaini/AFP

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